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Desesperados y obstinados

Desesperados y obstinados
Hamlet Hermann

Pongamos mucha atención ante todo lo que ahora ocurre. Estemos atentos ante lo pequeño y lo grande, porque podríamos estar dándole forma a una coyuntura importante de la historia dominicana contemporánea. La importancia no viene dada por los resultados que pudiera obtener la marea amarilla a favor de la legalidad, sino por la definición de fuerzas que se está operando en los estratos de la sociedad dominicana. El gobierno está aumentando la carga fiscal en cada bache que encontramos en el camino. Y, aunque estemos desollados por la apretada cincha, la movilización masiva indica que vamos preparando algo distinto.

El enfrentamiento que se está dando con esta movilización amarilla a favor de la legalidad parece estar definido por una lucha entre la desesperación y la obstinación. La desesperación de un pueblo, harto de ilegalidades y corrupción, y la obstinación de un Presidente que quiere eternizarse en el poder aunque tenga que pasarle por encima a la ley de leyes de la República. Tanto uno como el otro están convencidos de que de seguir igual las cosas, uno empeñado en fabricar ilegalidades y el otro combatiéndolas, el futuro se enturbia a cada instante.

La inmensa mayoría del pueblo dominicano siente que el camino hacia el porvenir está obstruido de manera irrevocable por las desmesuradas ambiciones presidenciales. La desesperación de gran parte del pueblo viene dada por la imposibilidad de darse una vida digna con educación y salud garantizadas. Pero si grande es la desesperación que ha llevado a la inmensa mayoría de los dominicanos a respaldar la movilización amarilla, más grande es la obstinación con la que el doctor Leonel Fernández ha manejado este país desde la Presidencia de la República. Este gobierno ha hecho lo que le ha venido en ganas como si el resto del mundo no existiera. La falta de visión institucional le queda chiquita a la falta de visión política del momento histórico que vive la nación. El doctor Fernández piensa demasiado bien, de sí mismo. Tiene un afán de valoración personal falsamente alto por lo que nunca ha estado dispuesto a aceptar opiniones de nadie que lo contradiga mínimamente. De ahí que haya forjado el criterio de que el Presidente de la República no responde a presiones de ningún género. Ceder ante algún reclamo sería para Leonel Fernández como un ataque a su independencia y, por lo tanto, a su propio valor como persona. Pero en un momento de crisis como el que vive el país, esos conceptos de soberano monárquico han llegado a convertirse en caricatura de lo que debió ser un demócrata. Quizás Leonel no se da cuenta de que su gran fortaleza de otros tiempos se ha convertido ahora en su gran debilidad.

Mirando un poco hacia atrás nos daremos cuenta de que en los últimos 30 años no se había logrado tanto consenso en relación con una movilización social masiva como es la defensa de la legalidad. Posiciones políticas habitualmente enfrentadas han coincidido lo suficiente como para hacer que esta protesta a favor de la legalidad pueda considerarse como dominicanamente universal. Así, este enfrentamiento entre la desesperación de un pueblo y la obstinación de un Presidente puede resumirse como una lucha entre dos fuerzas que enrarece el futuro. Unos, los más, se encuentran sin futuro porque los poderes económico y político le han cerrado la puerta a la mínima esperanza de progresar bajo el imperio de la ley. Los otros, que son los menos, sostienen toda su esperanza en Leonel Fernández, quien no quiere entender que los demás pudieran tener la razón.

Tanto la ilegalidad extrema como la marea amarilla se consideran en estos momentos con capacidad para vencer al contrario. Y así, de este choque de trenes, lo único que puede surgir es una coyuntura histórica peligrosa. La contradicción es irreconciliable ante la legalidad exigida por la marea amarilla y sólo puede solucionarse mediante un cambio real de actitud de quienes insisten en violar la Constitución de República Dominicana. No es que la movilización amarilla sea la batalla final, pero todo parece indicar que podría ser el comienzo del fin de un estilo de gobierno que disfruta la ilegalidad para eternizarse en el poder.

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