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Don dinero, único requisito de honestidad y prestigio

Tony Pérez

Por una necesidad imperiosa, hace unos días paré en la estación Isla de la carretera de Mendoza, Villa Faro, a echar mil pesos de gasolina a mi vehículo para seguir la ruta hacia la universidad.

Al pasar varios hoyos llenos de agua sucia en el área de operación, le pregunté al despachador el porqué de esa desconsideración a los clientes, y él contestó: “Mucha gente se queja pero el dueño solo dice que esto no paga los gastos”. Le respondí: “Espero que, por eso, me venda la gasolina más barata o que no me la altere”.

Cuando el reloj digital marcó 1000 y el obrero ponía el tapón del tanque, le reclamé que la aguja del medidor ni siquiera se había movido y que la señal amarilla de “échale” (emergencia) seguía viva. Me convenció al decirme que ésta desaparecería más tarde en cuanto apagara y encendiera el motor. Pero eso nunca sucedió y estuve a punto de quedarme en el túnel de Las Américas.

El miércoles 29 de agosto, a las 6:30 de la tarde, acudí a la estación Nativa de la Charles de Gaulle con cruce de Invivienda para llenar el tanque. El bombero pasó mi tarjeta de crédito de gasolina (cobertura de seis mil) para debitar 3 mil pesos. Según él, el famoso “verifón” se dilató al transmitir la información, por lo que volvió a pasarla. En ese momento vi a un cliente reclamarle tras verificar en su banco el descuento sin que él recibiera el combustible. Entonces lo imité y al chequear mi balance, observé dos débitos de tres mil cada uno, realizados en un lapso de menos de un minuto. Le exigí al supervisor y solo me contestó muy amable que volviera al día siguiente porque eso lo resolvería sin mayores problemas. El jueves visité cuatro veces tal empresa; la última fue cerca de las diez de la noche, y después a de una hora de espera, esta fue la respuesta, tan insignificante como abusiva: “La culpable de eso es Carne (comercializadora de los verifón), que no somos nosotros…” Frustrado, impotente, tuve que reforzar mi inconmensurable paciencia y, antes de marcharme, expresarle: “Ahora tengo que usar dinero que no estaba para eso, ¿quién me paga por los daños causados, si mi banco ni yo somos culpables? ¿Esa la respuesta que merece un cliente suyo?”.

Respuestas tan irresponsables a los usuarios abundan como la verdolaga en este país. Pasa con servicios básicos como gas propano, gas natural, alimentos, electricidad, agua y basura. También con las ventas de ropas, zapatos, cosméticos…

Con el servicio de recolección de basura, igual. La Alcaldía de Santo Domingo ha establecido en la nariz de mi casa un vertedero asqueroso que no solo devalúa el inmueble sino que la convierte en guarida de alimañas y crea las condiciones para un brote epidémico. La indiferencia, cuando no la prepotencia, ha sido la respuesta ante el reclamo del derecho humano de la salud.

¿Y qué decir sobre la electricidad? Hace poco más de una semana me quedé por cuatro días a oscuras en la casa; todos los productos en la nevera se pudrieron. Y no fue por la tormenta Isaac. Un intruso, urgido quizás de unos cuantos pesos para comer un día, o para drogarse, cortó el cable de suministro. Después de repetidas promesas de Ede-este para repararlo, uno de sus empleados informó que había que ir a la Policía a querellarse; mientras, en el sistema informático el caso aparecía como resuelto y, por tanto, cerrado.

En esa empresa estatal son reincidentes en servicios pésimos. En diciembre de 2010 un alto voltaje quemó la mayoría de los electrodomésticos de la vivienda donde resido. La administración que sustituyó a Rubén Bichara obvió las verificaciones realizadas in-situ sobre los daños causados, y cerró el caso sin la indemnización correspondiente, pero a la promesa de solución del administrador sustituido.

Porque también abundan las paradojas en todo este crucigrama de abusos, cuando una empresa o funcionario actúan bien, si no responde a intereses particulares oscuros, es objeto de campañas sucias y aislamiento.

Sucedió con el Seguro Nacional de Salud, un servicio de calidad, imprescindible para la población dominicana, que todo ser humano consciente debe respaldar. De repente fue blanco de atacantes furiosos disfrazados de filántropos, pero no eran otros que dueños.

Vivimos una sociedad sui generis donde el cliente jamás tiene la razón y la honestidad de muchos empresarios y funcionarios públicos, así como la calidad de los productos ofertados, tienen la magnitud de sus millones, conforme los discursos de periodistas de larga y corta data que han optado por negociar con la mentira.

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