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Don López Valdés

Don López Valdés
Víctor Bautista

El año llegaba a su primera mitad en medio de un disturbio financiero, cambiario y fiscal. Era el fatídico 2003 con tres bancos colapsados. Yo venía zarandeado por otra tormenta: junto a otros compañeros había sido despedido de El Caribe, donde fungía como director ejecutivo.

En busca de reinventarme, con mucha precariedad y un superávit de sueños, hallé la oportunidad de trabajar en la ABA, que entonces era la ABCRD, bajo el liderazgo de José Manuel López Valdés.
La misión era recuperar la reputación y la imagen del sector financiero desde el gremio, que habían sido pateadas por agentes promotores de malas prácticas quienes, para López Valdés, “nunca fueron banqueros”.

Caballero de refinados modales, de trato exquisito, riguroso, dedicado, planificado, coherente, curtido en la microgerencia y la gestión de los detalles, fue mi gran escuela con grado de doctorado para el manejo diplomático de asuntos críticos o delicados.

La regia formación académica, la experiencia en puestos públicos y privados ni los lazos sociales le opacaron la humildad. Siempre escuchó atento, respetó los consejos y generalmente acogió las líneas de este humilde servidor cuando de comunicación se trataba.

Reverenciaba el talento sin importarle la brecha generacional, pero por la capacidad argumental y la criticidad que le adornaban había que convencerlo con ideas transformables en hechos concretos.
En la ABA he hecho pausas, pero nunca me he ido y eso ha tenido que ver mucho con el tipo de liderazgo integrador, prudente, solidario, compasivo y avisado de Don José, a quien extrañaré por el resto de mis días.

Lamento no haber logrado lo que habría sido una hazaña: que diera el discurso del Congreso Latinoamericano de Riesgos, lo último que escribí para él, montado en una aplicación de telepronter en su iPad. “A mis 75 años prefiero seguir apegado al papel”, dijo entonces en público y leyó desde el papel la pieza con el donaire, el buen ritmo y la correcta pronunciación de siempre.
Un abrazo eterno, Don José. Y aunque el 25 de octubre fue uno de los días más tristes de mi vida, prometo recordarle con alegría.

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