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Dos culturas un territorio

La inmigración haitiana por sus características tiene un potencial explosivo de consecuencias in-predecibles. No es comparable con la inmigración dominicana a los Estados Unidos u otros países. Tampoco es comparable con la inmigración de europeos, asiáticos y de nacionales de otros continentes a la República Dominicana.

Ninguna otra inmigración a nuestro país es continua, masiva, predominantemente ilegal, persistente, con respaldo de grupos nacionales e internacionales, generadora de concentraciones cerradas urbanas y rurales, que se acrecientan y generalizan. Ninguna otra inmigración tiene el potencial político, económico y social que tiene la inmigración haitiana. Ninguna otra inmigración desplaza tan amplia, continua y aceleradamente a los nacionales del empleo normalmente regulado y del trabajo informal.

La constante, masiva e incontrolada inmigración haitiana por sus características y por la proporcionalidad de la población de las naciones que comparten la isla, transforma social, económica, cultural y políticamente a la nación dominicana, fomentando el deterioro de la vida nacional, mermando la capacidad del Estado Dominicano para satisfacer las necesidades nacionales, en áreas tan importantes como la salud, la educación, el trabajo, el respeto de las leyes y los derechos, incluyendo la seguridad individual en las ciudades y en los campos.

Por su continuidad, número y persistencia, la inmigración haitiana destruye el débil ordenamiento jurídico nacional y el respeto de sus instituciones, facilitando la corrupción, la contratación de extranjeros en violación a la ley, el empleo de ilegales en el campo y la ciudad, la alteración y uso de documentos falsos o incluso documentos fidedignos adquiridos de forma irregular.

La inmigración haitiana quiebra los lineamientos de la frontera entre Haití y la República Dominicana, introduciendo una cultura muy diferente a la dominicana, convirtiendo a la población de algunas áreas fronterizas o no en predominantemente haitianas, dando lugar, además, a la formación de grupos poblacionales cerrados, rurales y urbanos, en distintas regiones y ciudades del país, incluso a la mendicidad organizada en los principales centros urbanos nacionales. Dicha inmigración tiene un potencial social y político devorador de la nacionalidad e idiosincrasia dominicana, lo que hace de ella uno de los más graves y difíciles problemas nacionales a cuya solución se le debe hacer frente, poniendo por encima el interés nacional sobre los intereses particulares.

Los haitianos, por motivos históricos, consideran el territorio nacional como parte de la nación haitiana; mientras que los dominicanos honramos a los héroes que nos independizaron de Haití. No falta mucho para que un líder aglutine esta población y demande para ella derechos políticos que sólo corresponden a los nacionales dominicanos; que esta población decida el resultado de las elecciones nacionales o, la reforma constitucional para cambiar la estructura y organización del Estado Dominicano.

Se nota últimamente un afán de los organismos internacionales de querer vender la imagen de que las características culturales de los dominicanos y los haitianos son iguales; se persigue con esto debilitar el hecho cierto de que se trata de dos pueblos, dos culturas y dos naciones distintas, también se quiere llevar al ánimo nacional la falacia, de que la fusión de ambos estados y naciones es un hecho inevitable “un matrimonio sin divorcio”, porque así lo ha dispuesto la comunidad internacional, especialmente los Estados Unidos de América, Canadá, Francia y otros estados.

Ninguna nación, por ejemplo Estados Unidos, Canadá o de Europa, convoca a los representantes de los inmigrantes ilegales para que participen en un consenso sobre lo que esa nación debe hacer como política migratoria y nosotros sí lo hicimos, pero aún no lo hubiésemos hecho, no cabe hablarse de consenso con los sectores involucrados, sino que, el gobierno dominicano debe, como de hecho lo hizo, establecer responsablemente la política migratoria dominicana, guiándose y fundándose en el interés nacional, su constitución, sus leyes y el sentimiento del Pueblo Dominicano.

En el territorio de Estados Unidos hay más de 20 millones de inmigrante y dicha nación no ha sido capaz de hacer un amplio y adecuado plan de regularización que permita de forma ágil y gratuita que sus inmigrantes formalicen su estatus migratorio. Mientras que Republica Dominicana sí implementó un plan de regularización, el cual fue gratuito y dio un plazo más que razonable e incluso se les otorgo una prórroga y, a pesar de que el plan concluyo, cualquier extranjero puede acudir a las oficinas de la Dirección General de Migración a formalizar su estatus migratorio, siempre que cumpla con los requisitos de Ley.

Lastimosamente, algunos organismos internacionales, interesados en distorsionar la verdad, han promovido que algunos políticos inoportunos, demagogos y desconocedores de lo que acontece, manifiesten opiniones adversas a las REPATRIACIONES que se harán, de todos los extranjeros (haitianos o no) que residan en territorio dominicano de manera irregular, exceptuando aquellos que comenzaron el proceso en el periodo de vigencia del plan de regularización. Provocando, con pleno conocimiento de causa, una mala convivencia entre dos pueblos hermanos que a pesar de sus múltiples diferencias cohabitan en una misma isla; como si la intención de estos organismos fuese la de promover el odio, no se sabe con qué malsana intención.

Ahora, ante el informe formal de Human Rights Watch y las declaraciones de José Miguel Vivanco, responsable para América Latina, que señala que la sentencia del Tribunal Constitucional no obedece a la Ley, es contraria a la Declaración de los Derechos Humanos y a acuerdos internacionales, nuestros jueces del Tribunal Constitucional deben manifestar por sentencia sus consideraciones.

Pero, aun sin tener estas consideraciones de nuestro Tribunal Constitucional o de nuestros juristas estudiosos de la Constitución, resulta indispensable recordarle a esa ONG que la constitución Haitiana considera haitiano a los descendientes de sus nacionales, por lo que en ningún caso se puede hablar de Apátrida.

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