Dos minutos: Cambio en mercado financiero

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Parece que hay poco o nada que hacer respecto al contrato de 40 millones de dólares con la farmacéutica Astrazeneca para la adquisición de vacunas.

El suplidor se cuidó mucho de incluir cláusulas que le protegen ante demandas e incumplimientos.

Se trata de esos clásicos contratos que al parecer nadie lee y que pasan por los ojos del Congreso en horas nocturnas cuando todos duermen.

Luce que ocurrió lo mismo con la estructura de asesoría legal con que cuenta el Poder Ejecutivo, a la que se le supone un rol orientador.

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El contrato establece de manera taxativa que el país renuncia al derecho de reclamar a la compañía por retrasos en la entrega de las dosis.

También exonera de responsabilidad a la compañía AstraZeneca en caso de que la vacuna no sea eficaz o segura.

Ninguna responsabilidad asume el suplidor si se presentan situaciones problemáticas con el transporte, almacenamiento o técnica apropiada de inoculación.

Como ya saben, el contrato tampoco tiene cláusula arbitral y parece que el presidente no lo sabía.

Eso de AstraZeneca hay que tirarlo a pérdida porque  no hay otra opción.

La lección aprendida es que debemos ser más rigurosos con este tipo de convenios, sin importar que estemos sacudidos por la ansiedad de situaciones críticas.

La intención del gobierno de moverse rápidamente para conseguir vacuna fue válida y funcionó, pero Astrazeneca hizo un pitcheo muy duro y nos ponchó.

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