¿Cuántos profesionales del sector eléctrico, estrategas de negocios, administradores, empresarios, críticos de redes sociales o analistas de ocasión estarían dispuestos de verdad a asumir el liderazgo de un sistema tan contaminado y explosivo como el sector eléctrico?

¿Cuántos se atreverían a jugársela en un terreno donde sobran fracasos, faltan inversiones y el prestigio se quema al primer apagón? Un sector históricamente marcado por rupturas, decisiones erradas, como la designación de un cohorte de fracasados incapaces que desperdició tiempo, recursos y credibilidad al comienzo.

Hablamos de un sector donde siempre hubo más corrupción y botellas que transformadores. Donde la politiquería manda sobre la técnica, donde la tarifa es fija, el subsidio eterno y el fraude se considera un derecho adquirido porque antiguos caudillos sembraron la idea de que los servicios públicos no se pagan.

Y en medio de ese caos hay quien, aun desde la fragilidad física, con más agallas que cálculo, se ha sentado a gerenciar una bomba de tiempo.

No para justificarse, sino para actuar, para enfrentar con datos lo que durante años se disfrazó con discursos, para hacerlo impopular, porque es lo correcto. Y lo que recibe no es reconocimiento, sino ataques, sospechas y dardos envenenados. No se trata de valentía individual, se trata de entender que este sistema no se arregla desde la crítica cómoda ni desde la neutralidad silenciosa.

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  • Se requiere carácter, conocimiento y decisión para enfrentar lo que nadie quiso tocar por décadas y hacerlo como un gerente de crisis con todas las consecuencias que esto implica. Hasta la próxima.