Sería ideal que, tras las elecciones, los vencedores nos presenten su planificación estratégica para el país.

Hasta ahora, solo hemos presenciado consignas, estribillos, promesas y bailes, tanto estéticos como ridículos, y una cacofonía de promesas sin dirección clara.

La República Dominicana, que parece vivir al día y confiar en el azar o, para los creyentes, en las manos de Dios, necesita adoptar una cultura de planificación sólida para mejorar su posición.

No deberíamos seguir siendo una nación que depende de la generación espontánea. Existe una gran oportunidad para un cambio profundo, aunque para los políticos, abandonar el «circo», para ofrecer discursos serios, puede parecer tedioso.

En el pasado, se propuso crear un gabinete paralelo para supervisar a los funcionarios públicos, una idea de un instrumento bien concebido y administrado, técnico y objetivo, que podría ser extremadamente útil.

Sin embargo, rara vez el país exige a los funcionarios electos el cumplimiento de sus «promesas», que solo se presentan como un plan superficial. Tanto el papel como las redes sociales aguantan todo tipo de palabrería hueca.

Es tiempo de exigir más que palabras; debemos demandar acciones concretas y bien planificadas.

En esta tarea, deben involucrarse los empresarios serios, que necesitan un ambiente predecible para hacer negocios, aportar empleos y contribuir al crecimiento económico.

También se requiere la participación de la sociedad civil organizada, aquella que aún no ha sido capturada por la política y la nómina pública.

Cada ciudadano tiene la responsabilidad de exigir un plan de país claro para saber hacia dónde avanzamos. No es solo una tarea partidaria ni un ejercicio exclusivo de la oposición; es una responsabilidad de todos.