En la República Dominicana está creciendo una tendencia tan peligrosa como silenciosa, el socavamiento del periodismo profesional por parte de lo que podríamos llamar filibusteros digitales.

¿Quiénes son? Individuos o grupos que, sin ética ni rigor, alquilan sus teclados y sus redes para atacar la verdad y proteger intereses turbios. Son los piratas modernos de la comunicación. Operan al margen de la honestidad, navegan con banderas falsas y disparan bulos disfrazados de opinión y de noticia.

Cada vez que un medio serio destapa un hecho de corrupción o un negocio oscuro, se activa, casi como reloj, una campaña coordinada en redes sociales. Los mensajes se repiten, los insultos se copian, los hashtags se multiplican y no es espontáneo. Detrás hay planificación, estrategia y sobre todo dinero, bolsillos hondos financiando la mentira.

Frente a eso, la ciudadanía debe actuar con conciencia crítica, no creer de inmediato, confirmar, contrastar, comparar las fuentes. La verdad no siempre grita, a veces susurra y hay que aprender a escucharla entre tanto ruido. El periodismo no es incuestionable ni se hace en un laboratorio químicamente puro, pero como servicio público está bajo ataque.

Hasta la próxima.