Santo Domingo.– En la República Dominicana vivimos una paradoja realmente fascinante. Mientras en las redes sociales nos regodeamos con el escándalo de la semana o el último espectáculo de la política criolla, el capital global observa otra realidad.
A pesar de nuestros históricos pasivos sociales y de una institucionalidad que a veces cojea, el país sigue siendo el bastión de la confianza para la inversión extranjera en el Caribe. Pero, ¿realmente valoramos este activo o estamos demasiado distraídos con el circo digital?
Esa confianza no es un regalo de la naturaleza; es un ecosistema blindado de estabilidad macroeconómica y de reglas de juego que, hasta ahora, han sido sagradas. Sin embargo, el riesgo acecha.
Hoy, la política de los «likes» y el populismo de las redes sociales amenazan con permear las decisiones del Estado.
Si permitimos que la volatilidad del algoritmo empiece a dictar la seguridad jurídica o a erosionar el consenso prom mercado, solo para calmar a una turba digital, estaremos apagando el motor que nos mantiene a flote.
El inversionista no llega a nuestras costas por lo que decimos en Twitter, sino por la predictibilidad que ofrecemos en un vecindario convulso. La estabilidad es un cristal difícil de construir y frágil ante la insensatez.
¿Estamos siendo guardianes de esa confianza que nos da de comer o estamos tirando piedras a nuestro propio techo de cristal mientras el ruido político nos impide ver el abismo?