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Drogas: oro y tragedia humana

Drogas: oro y tragedia humana
Rosario Espinal

Una de las mayores tragedias de la sociedad dominicana en las últimas décadas es la expansión del narcotráfico y el consumo de estupefacientes. Igual sucede en otros países de América Latina y el Caribe.

La captura de grandes capos: Quirino, Figueroa Agosto y ahora del Cartel del Cibao simbolizan la magnitud de un problema que genera gran inseguridad y violencia.

El consumo de drogas debilita el ser humano, fractura los lazos familiares y pone en riesgo la vida social. A pesar de eso, en ningún país se asume la responsabilidad de atacar el problema en sus raíces.

La adicción es inherente al ser humano. Quizás es una expresión de la precaria existencia, de la falta de horizontes, de la incertidumbre en que transcurre la vida, o de la necesidad balsámica para alentar el dolor que genera la vida misma. Pero algunas adicciones, como las drogas, generan también gran dolor a los adictos, a quienes les rodean, y a la sociedad en general.

Los gobiernos dominicanos, al igual que muchos otros, han permitido la ampliación del narcotráfico como forma de acumulación de capital.

Al ser ilegal, el negocio de las drogas es muy lucrativo para los capos y allegados, y se torna un comercio atractivo en sociedades con escasas posibilidades de movilidad social. Mientras el consumo se concentra en los países más ricos, la producción y el tráfico se concentra en los países más pobres.

En la actualidad, el tráfico y venta de drogas es una especie de oro para muchos jóvenes de capas medias y bajas. Los más pobres, carentes de opciones laborales adecuadas, encuentran en la venta de drogas su sustento y tejen sus sueños de ser ricos. Los de capas medias, con grandes expectativas de consumo, encuentran en el narcotráfico y las actividades conexas una riqueza que no ofrece la economía legal.

Así se gesta un sistema social de tráfico y consumo de drogas que adquiere gran poder en la sociedad por el apoyo que recibe de autoridades civiles y militares que se involucran para hacer el negocio posible, rentable, y obtener grandes ganancias.

En la “industria de la droga” hay muchos personajes involucrados. Están los capos, jefes de carteles y mafias. Los cortesanos lavadores, mercaderes que compran y venden para encubrir las operaciones de los capos. Ellos constituyen el estrato alto que construye castillos de fortuna, y por algún tiempo pagan en celdas el precio de su riqueza no legitimada, o mueren. También hay políticos y militares; esos que en el argot dominicano se llaman “pejes gordos”, “tiburones” o “vacas sagradas”. Aunque su derrumbe siempre se anuncia, casi nunca se produce porque en ellos radica el poder que posibilita el negocio del narcotráfico.

A veces el capo se transmuta en personaje de beneficencia, como en el caso de Quirino, y otras veces es material de espectacularidad como Figueroa Agosto. Pero en ningún caso, el apresamiento o muerte de un capo se traduce en menos circulación de drogas: el mercado sigue operando con suficiente oferta y demanda. Tampoco se desmantelan las redes de funcionarios públicos, civiles y militares, que sirven de sustento a las actividades.

Mientras la droga sea un producto de comercio ilícito, será imposible atacar el problema. La ilegalidad genera grandes ganancias a quienes patrocinan y ejecutan el narcotráfico, la moralidad irresponsable denuncia el problema y se cruza de brazos, los adictos quedan vulnerables sin atención debida para ayudarles a superar el vicio, y la sociedad queda presa de la violencia y la delincuencia.

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