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Dulce sueño en tiempos de pandemia

Dulce sueño en tiempos de pandemia

Más de un psicólogo ha comentado sobre cómo la pandemia conduce a extraños sueños y duermevelas Eso me ha estado ocurriendo y el último, para mi sorpresa, terminó en un extremo optimismo.

En ese sueño madrugador, un señor muy sabio me recordaba que hasta hace tan solo 23 años ni la Junta Central Electoral (JCE) ni el gobierno daban dinero a los partidos políticos. Citó que Juan Bosch en 1962, Joaquín Balaguer en 1966, Antonio Guzmán en 1978, Salvador Jorge Blanco en 1982 y Leonel Fernández en 1996, todos ganaron elecciones sin sus partidos recibir plata de los contribuyentes. El apoyo gubernamental tan solo se inició en 1997. El año pasado la JCE hasta autorizó el uso de sus recursos, aportados por nosotros, para organizar una convención de un partido incapaz de hacerlo por su propia cuenta. Y es por eso que hoy día los partidos se pelean por estar en un puesto en una fila que les garantice la tajada más grande del presupuesto de la JCE. Algunos pequeños partidos que se nutren de la JCE son simples negocios de sus promotores, pues sus gastos de campaña son mínimos y sus beneficios, consecuentemente, altos.

El inteligente y locuaz señor también me recordó de los tiempos cuando los regidores de los ayuntamientos eran escogidos entre los ciudadanos más prominentes. Don Emilio Rodríguez Demorizi, por ejemplo, presidió el de Santo Domingo, pero, además, no cobraba nada. Hoy día se quiere ser regidor, no para servir, sino para cobrar lo formal, pero también plata de corrupción. El sabio, con una sonrisa, también rememoró los tiempos en que los congresistas recibían solo sueldos y cómo ahora apenas un par de ellos ha renunciado al barrilito y al cofrecito. Citó cómo gozan igualmente de una amplia nómina de asistentes, en sus oficinas locales y en el interior y que excede a los “staffers” de los congresistas americanos.

Me preguntó si añoraba aquellas épocas en que no existían organismos inútiles y costosos como los congresistas de ultramar, quienes no buscan ayudar a la diáspora, sino conseguir que voten por su partido, ni representantes en un Parlamento Centroamericano que no hacen nada por nosotros. Eran épocas en que nuestros cónsules en Nueva York, Miami y Haití no se enriquecían en sus puestos, pues se respetaban las tarifas y en el caso haitiano la cantidad máxima de visas.

Enfatizó la injusticia de que mis impuestos, en vez de utilizarse para mejorar las calles de mi entorno, a través del ministerio de Hacienda se aplican para cubrir el hueco representado por un 30% de las ventas de las distribuidoras de electricidad que no se cobran. Es decir que mientras yo pago la luz, con mis impuestos se cubre la energía que no pagan otros.

Pero donde el duermevelas, hasta entonces muy angustioso y mortificante devino “dulce” fue cuando soñé que un gobernante quien no buscaba la reelección, después de lograr que le pasaran todas las leyes y préstamos que necesitaba, eliminó “manu militari” todo lo anterior. El gran sobrante de dinero en el presupuesto resultante de esos recortes lo dedicó exclusivamente a mejorar los servicios de salud y educación que es lo que realmente le interesa a los dominicanos. Cuando desperté por primera vez en mucho tiempo me sentí aliviado. El gobernante hasta había reducido al mínimo el presupuesto de la oficina del Defensor del Pueblo para que al cargo interese tan solo a un verdadero “ombudsman”, quien busca defender a los ciudadanos y no otro político más como los que actualmente aspiran a ese cargo pues allí se maneja plata.

Estaba sonriendo hasta que pronto me di cuenta que se trataba otra vez del inicio de un tedioso y largo día durante el cual no podría salir a la calle y tendría que mantenerme enclaustrado entre mis libros.

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