Redacción Internacional.- Hay algo que Joaquín López repite cuando alguien llega a preguntarle por qué no lo están aprobando para un crédito. No le habla del puntaje. Tampoco del banco. Lo primero que hace es preguntarle cuánto genera su negocio al mes, porque la respuesta suele revelar el problema de fondo antes de que haya que buscar más lejos.

En Estados Unidos, el acceso al financiamiento empresarial funciona a través de tres vías distintas. La primera es el flujo de caja: si una empresa genera ingresos suficientes, el prestamista analiza cuánto entra, cuánto se gasta y cuánto queda disponible para calcular cuánto puede prestar. Es el camino más directo. Pero cerca del noventa por ciento de los pequeños negocios en el país no llegan a los umbrales que los prestamistas exigen para entrar por esa vía. La segunda opción es el colateral: activos de valor que el dueño pueda poner como respaldo, una propiedad, un vehículo pagado, algo concreto que el banco pueda verificar. Muchos emprendedores hispanos tampoco tienen eso.

Queda una tercera vía, la menos conocida y la más accesible para la mayoría. Obtener crédito empresarial respaldado por un buen crédito personal. Los bancos lo entienden así: una persona que maneja bien sus compromisos financieros personales tiene más probabilidades de hacer lo mismo con su empresa. No es un juicio moral.

“Por eso la tercera vía es la más accesible para la mayoría”, dice Joaquín López. Es estadística.

Un número que no cuenta todo

El problema empieza cuando alguien llega con un puntaje de crédito de 700 convencido de que eso es suficiente. Casi nunca lo es. El crédito no se trata únicamente de un número: importa cómo está estructurado el perfil, con qué instituciones se trabajó, qué tipo de cuentas forman ese historial y cómo se ve ese conjunto ante los ojos de quien va a decidir si presta o no. Un historial puede estar limpio y aun así no comunicar nada de lo que el banco necesita ver.

“El crédito debe verse sólido”, dice Joaquín López.

Esa diferencia entre limpio y sólido es la que separa a quienes acceden al capital de los que siguen esperando. No es una cuestión de esfuerzo ni de intención. Es arquitectura financiera. Y nadie en el sistema la explica de entrada, lo que significa que la mayoría de quienes enfrentan ese rechazo no saben exactamente qué corregir para que la respuesta sea distinta la próxima vez.

Un déficit que se mide en millones de familias

Tres de cada cuatro personas en Estados Unidos tienen algún tipo de problema con su crédito. Para la comunidad hispana, el peso de ese dato es especialmente concreto: un informe de McKinsey publicado en 2024 documentó que los latinos crean el treinta y seis por ciento de los nuevos negocios en el país, casi el doble de su proporción en la población total, y sin embargo los solicitantes hispanos siguen siendo significativamente menos propensos a recibir aprobación de préstamos que otros grupos. La brecha no viene del emprendimiento. Viene del acceso.

Joaquín López lleva años trabajando dentro de esa brecha. Lo que describe no es una promesa. Es un mecanismo, una serie de pasos que se pueden aprender, ejecutar y repetir. Las tres puertas existen. La pregunta es saber cuál está disponible para uno, y qué hace falta para abrirla.

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