Una cuestión vital y delicada como la salud y la vida humana, especialmente cuando involucra a niños, no admite bajo ninguna circunstancia excusas o justificaciones de ningún tipo, al registrarse muertes de infantes a causa de deficiencias materiales.

Por eso, la actitud del personal del hospital Robert Reid, al salir en defensa de su directora frente al fallecimiento de 11 niños, lo que produce es vergüenza e indignación en los padres de los niños y en la ciudadanía sensible que ha seguido de cerca esta tragedia.

En primer término, atribuir la causa de las muertes al Estado, porque no aporta los recursos necesarios para mantener el hospital en condiciones óptimas, lo que busca es desviar la atención pública del punto focal del problema.

Las carencias económicas y de insumos eran viejas y conocidas. En consecuencia, en lo que tiene que ver con los casos de los 11 niños, lo relevante es establecer por qué no se actuó con la debida prontitud ante la falla del sistema que suministra oxígeno a los pacientes.

Si ese elemento era indispensable para mantener con vida a los infantes. ¿Por qué el personal en servicio no dio la voz de alarma en su momento y cuándo aún había tiempo de reaccionar? ¿Acaso no se podía llamar al 9-1-1 y transferir esos indefensos pacientes a otros centros de salud donde existiera oxígeno en lo que la anomalía era resuelta en el Robert Reid?

¿Por qué en lugar de actuar de forma humana y responsable y como era la obligación, poner a Salud Pública y al Gobierno en conocimiento inmediato de la gravedad del caso, se incurrió irresponsablemente en una inacción inaceptable, en espera de lo que a todas luces se perfilaba como un previsible desenlace fatal?

Lo cierto es que el drama inhumano y de descuido que prevalece en el Robert Reid —con características y una magnitud que debería estremecer la conciencia nacional—  habría  permanecido oculto o tenido como un asunto normal o rutinario ni no hubiera trascendido a través de los medios de comunicación.

Esta pretensión de tratar de restar gravedad a lo ocurrido lo que produce es irritación en los desdichados padres de los niños y revela hasta qué punto en el país se ha perdido respeto y sensibilidad por la vida humana y el padecimiento de los más necesitados.

El dato revelado por el periódico Hoy de que 5,763 niños han muerto en el hospital infantil en siete años, en el período transcurrido de 2006 a 2012, ha debido producir una conmoción nacional y tener consecuencias ejemplarizadoras, a menos que estemos ya dolorosamente inmersos en una sociedad dominada por la indolencia extrema