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El 62: año de las ilusiones

Ramfis y los suyos se habían ido en noviembre y a mediados de enero Balaguer se había asilado. Por fin, después de treinta y un años éramos libres y la mística revolucionaria y el delirio nos arropaban. Era el año de las reivindicaciones. Cuando se pidieron voluntarios para ir a cortar una caña afectada por fuegos, fui de los que se montó en las guaguas y llegó al cañaveral. Éramos miles. Pero esa mística no perduró.

La huelga en La Romana duró tres meses y el sindicato de “El Caribe” cerró ese periódico durante casi un mes. Hasta en el Banco Central tuvo lugar una breve huelga. “Fenepia”, el sindicato de empleados públicos, clausuraba las oficinas públicas. Cada día eran apresados “caliés”. Sus nombres aparecían en la prensa, tanto así que ciudadanos tuvieron que poner anuncios explicando que tenían ese nombre pero eran honrados. Un calié fue detenido en el aeropuerto vestido de mujer. Pero ninguno estuvo preso por más de tres años pues desapareció la voluntad política para retenerlos. El juicio contra los asesinos de las Mirabal nos mantuvo frente a las pantallas televisivas, pero tres años después los culpables lograrían escapar. Por la calle El Conde, de hervideros diarios, un grupo desfiló en procesión con un gran letrero: “Los que sobrevivimos damos gracias a Dios y rogamos por los que fueron asesinados”. Comunicados en la prensa preguntaban por el paradero de los desaparecidos y las respuestas fueron lúgubres. Se celebraron misas por Horacio Vásquez, Juancito Rodríguez, Alfonseca, etc., todos idos hacía años. Exilados continuaban regresando, al tiempo que no pasaba semana en que no aparecían decretos expropiando empresas de los Trujillo. Su fortuna entonces la estimé en un 31% del PIB.

El presidente Kennedy, con su “Alianza para el Progreso” presionó para que pasásemos un impuesto sobre la renta que afectaba a los ricos, al tiempo que propugnaba por la reforma agraria, en beneficio de los pobres. Laboré en la redacción del impuesto y visité los asentamientos donde campesinos me mostraban sus manos callosas que evidenciaban lo mucho que habían trabajado la agricultura para así reclamar un pedazo de la tierra quitada al dictador. El Comité de Destrujillización se declaraba frustrado, mas no así unos jóvenes que escalaban el Pico Duarte para quitar de allí la última tarja de llevaba ese nombre.

Entonces los políticos comenzaron su campaña electoral. Hacía 38 años que no habíamos votado libremente. Juan Isidro, al decir que los gatos dormían en fogones, describía dramáticamente el hambre de la población. Corpito Pérez citaba que la candidatura de Julio Peynado evidenciaba arqueología política y tenía razón. Manolo decía que no creía en elecciones, sino en la lucha revolucionaria, pero “Radio Caribe” transmitía en ruso, exhortando a los soviéticos residentes en Cuba a virarse. Viriato y Bosch daban su propia versión sobre lo que significaba “tutumpote”, la palabra del momento. El lema electoral del primero era que utilizaría siete látigos para salir de los trujillistas, pues, “bastaba ya”.

Bosch, sabiendo que casi todos habían colaborado con la dictadura, en contraste prometía un borrón y cuenta nueva, para que los avergonzados votaran por él, pero también utilizaba como lema “vergüenza contra dinero”.

Hoy día sus discípulos aplican el borrón y cuenta nueva a los hurtos que ellos mismos cometen y no les da vergüenza evidenciar su mal habido dinero. PLD, C. por A., PRD, R.I.P.

En Inglaterra ahora ha surgido un líder laborista nacido a la sombra de la tumba de Marx y en cuyas ideas cree y quien rehúsa cantar el “Dios salve la reina”. En Grecia ha vuelto a ganar las elecciones un joven revolucionario, quien ha enfrentado a los poderes mundiales. En España los jóvenes crean nuevos partidos para enfrentar la ortodoxia.

Pero aquí es el tiempo de las ilusiones perdidas. Estamos en búsqueda de ese tiempo perdido y escribo esto buscando inútilmente degustar la Madeleine proustiana de mi juventud.

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