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El Brasil satanizado

Entre el Brasil que gestó las sedes de los juegos olímpicos del 2016 y del mundial de futbol del 2014, y el que está recibiendo la más importante competición atlética del mundo, hay una diferencia abismal. El de esas diligencias tan desafiantes se confeccionaba el traje que le correspondía como aportante de la primera letra del grupo de países que por la expansión de sus economías, más el tamaño de sus poblaciones y la inmensidad de sus territorios, marcarían la pauta del crecimiento económico en el siglo XXI, los países BRICS: Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica.

Era el país que había movido la mayor cantidad de pobres hacia clase media, que había saldado su deuda con el Fondo Monetario Internacional y en vez de requerir nuevos créditos los confería, el de las mayores empresas constructoras de Latinoamérica, el gran exportador de autobuses, aeronaves, tecnología y productos para la construcción, el Brasil cuyo presidente salió del poder convertido en uno de los más populares y prestigiosos del mundo, el que tenía cosas muy importantes que mostrar a los miles de millones de televidentes que siguieran los grandes eventos de los que sería sede.

Sin embargo, ambos eventos se han desarrollado en otro Brasil, en uno que parece que no está para aspavientos, y de ahí que se de la imagen de que hizo inversiones que debieron tener otras prioridades.

No ha gastado tanto en los olímpicos como parece, pero lo invertido se ve como un sacrilegio para un país de una región con mucha hambre y miseria, 4 mil 600 millones de dólares, una tercera parte de lo gastado por el Reino Unido en los juegos olímpicos de Londres, en 2012, que fueron más de 15 mil millones de dólares.

Pero aunque México y Brasil, forman parte del conglomerado de los pueblos latinos de América, ninguno de los dos se asume como tal. México se ve mejor reflejado en un Club que apenas tiene tres miembros, el de América del Norte, y Brasil se visualiza como la cabeza de Sudamérica, no es casual que solo esa dos economías hayan asumido la celebración de juegos olímpicos, México 1968, Brasil 2016.

Cuando Brasil procuró ambas sedes, los gastos los focalizó como inversión con el objetivo de seguir impregnando dinamismo y proyección de su economía que crecía a ritmo de 4.1% anual y que reducía la tasa de desempleo de 10.5 a 5.7%.

Pero los eventos han llegado en época de la vaca flaca. La economía China, la gran palanca de crecimiento de las economías  que venían emergiendo en el cono Sur, se desaceleró y concluyó la década gloriosa de las materias primas, y llega Dilma Rousseff, que para mala suerte se topará con un nivel de crecimiento económico que ni empujado llega al 1%, y entonces la gente empezó a indignarse de que aparecieran recursos para estadios deportivos, y escaseasen para otras cosas.

Temas viejos tomaron una vigencia extraordinaria, primero afectando la credibilidad y la popularidad de la mandataria de turno y removiendo el altar del anterior con la expresa finalidad de destruir el mito.

Lo peor de los juegos olímpicos de Ríos es que se celebran en un país, al que en vez de orgullo le hacen sentir vergüenza por un logro que bien pudo marcar el relanzamiento de su economía, pero todo lo que hizo Lula y  apoyó  Dilma corresponde al Brasil satanizado.

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