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El cólera, la bocina y la gente

El cólera, la bocina y la gente
Tony Perez

En estos días de cólera he visto venduteros que frenan sus triciclos en calles solitarias de residenciales y barrios y sin ningún reparo bañan los vegetales y frutas que ofertan con agua contenida en galones plásticos llenados en cualquier sitio.

He visto, día tras día, por las calles de las urbanizaciones, panaderos que manipulan el producto vendido con las mismas manos que aprietan los puños costrosos de sus motores y estrujan el dinero que cobran…

A vendedores de agua en fundita, guayabas, mangos, helados, dulces, galletitas, níspolas y guineos maduros, en las intersecciones de las avenidas, estrujarse los cojones y retirarse el sudor espeso de sus frentes con las mismas manos que exhiben sus atractivos manjares, y lo peor: encopetados conductores de vehículos de lujo comprando y consumiendo de una vez, sin el menor rubor…

A despachadores de colmados que sin protección en sus manos agarran el queso y el salami y los cortan con el mismo cuchillo con el cual antes han partido la auyama sucia; el mismo cuchillo que durante la noche anterior estuvo a expensas de los jarrieros que pululan sin control…

He visto que muchos restaurantes de lujo y otros de amplia concurrencia, ubicados en mall, ni han soñado con establecer controles de salud en su personal. Y menos cuidar la calidad en productos como mariscos y pescados para la venta, pues una vez vencidos no son desechados sino enviados a la cocina para venderlos disfrazados, como apetitosos platos…

A freidores de “picalonga” y empanadas, con pecho abierto y cabeza al aire, cociendo sus productos en un aceite que de tanto usarse parece lodo de pocilga…

A vendedores andrajosos y petisecos sobre carretas cargadas de vegetales y víveres, tiradas por caballos desnutridos y hediondos que se confunden con el yipetismo dominicano en su andar y andar por las avenidas citadinas…

A decenas de niños y niñas de colegios privados y escuelas públicas que se arremolinan en cada recreo sobre las verjas para comprar chucherías y jugos preñados de parásitos a vendedores informales o a lucrativos negocios instalados dentro de los mismos recintos…

A barrios de invasión y otros marginales que viven de enfermedad en enfermedad (el cólera solo es la moda de ahora) porque hace decenas de años son verdaderas cloacas donde habitan semilleros de excluidos sin servicios básicos como agua potable, recolección de basura, vivienda, energía eléctrica…

Esto significa que no hay un centavo de conciencia sobre la peligrosidad  de tan bochornosos descuidos para la salud humana.

En otras palabras, que en materia de prevención andamos con taparrabos. Nadie acompaña a esa gente que quizás sin saberlo pone en juego la salud de la población.

Y el gran culpable –no el único– es el Estado completito, comenzando por el Ministerio de Salud Pública. Solo se ponen en atención cuando estalla el escándalo. Ni hablar de los actores principales de la sociedad civil, que viven de los réditos del mismo show cuando éste entra a escena mediática.

Con la epidemia de cólera que tenemos encima, Salud Pública urge: salir un poco del improductivo dime y direte en los medios masivos e ir a las calles y a los barrios, y focalizarse en acciones preventivas creíbles para los más vulnerables, que son los pobres y muy pobres. Integrar a la gente: a los líderes comunitarios, a las iglesias, a las juntas de vecinos, a los tígueres, a los locos, delincuentes, drogadictos… Y usar los megáfonos de los venduteros para que ellos mismos, a su  estilo, multipliquen los mensajes. Esa técnica debe de ser más barata y efectiva que millares volantes sofisticados que nadie lee y campañas de medios masivos de bajo o ningún impacto popular por falta de planificación.

La toma de conciencia sobre lo vital de la prevención de enfermedades se adquiere a través del tiempo, conjuntando y planificando esfuerzos de manera sostenida. No basta con la bulla mediática de un día provocada por el pánico que provoca en la autoridad un brote o una epidemia; terror provocado no tanto por el aumento desmedido de la morbi-mortalidad como por la baja en los ingresos por turismo y la pérdida de un jugoso empleo.

El cólera nos trataría mejor, hoy, si Salud Pública y el mismo Colegio Médico no tuvieran una deuda acumulada de falta de planes de prevención tan abultada.

 

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