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El elefante y el cisne

El elefante y el cisne
Hamlet Hermann

Hubo en el Indostán seis hombres, todos ellos ciegos y muy devotos del estudio, interesados en saber cómo era un elefante. Consideraron que, a falta del sentido de la vista, podrían determinar la forma del animal mediante el tacto y así saciar su curiosidad.

Uno se aproximó de primero al paquidermo y tropezó contra su costado enorme y firme. Al instante, empezó a dar gritos: ¡Dios de mi vida! ¡El elefante es como una pared!

Otro, palpando uno de los colmillos, exclamó: “¡Vaya! ¿Qué tenemos aquí, tan redondeado, suave y afilado? Para mí esto está completamente claro. Esta maravilla de animal es como una lanza.

Un tercero se acercó al mastodonte, agarró entre sus manos la trompa retorcida y se arriesgó temerariamente a decir: Ya comprendo, el elefante es como una serpiente.

El cuarto extendió ansioso sus manos y palpó una pata. Es algo evidente que esta bestia prodigiosa es como un árbol.

El quinto que, por casualidad, tocó una de las orejas dijo: El más ciego de los hombres podría imaginar a qué se parece este enorme mamífero. Que niegue el hecho quien pueda pero, esta maravilla de elefante es como un abanico.

El sexto no se había acercado lo suficiente para siquiera tocar el cuerpo de la bestia, cuando asió la cola que aquel balanceaba. Ya a su alcance comentó: Ya veo, el elefante es como una soga.

Y así, con sus conclusiones individuales envueltas en una terquedad arrogante, estos no videntes de la gran península asiática discutieron acaloradamente por largo tiempo; cada uno con su opinión, inflexible y firme en exceso, pues cada uno de ellos, en parte, tenía razón y, al mismo tiempo, todos estaban equivocados. Con ese tipo de comportamiento, ninguno sabría jamás cómo era, en realidad, el cuerpo de un elefante.

Un debate semejante al cuento de los seis ciegos y el elefante tiene lugar hoy en República Dominicana entre los que detentan una fracción del poder político y económico. Cada uno interpreta el país a su manera con tal de apoderarse de la administración del Estado. Sin embargo, a diferencia de los no videntes, su comportamiento no proviene de la ignorancia del significado de las riquezas de la nación, sino de la desmesurada ambición que los motoriza.

Halando cada uno para su lado y pensando sólo en ellos mismos, están negados a encontrar un punto común de coincidencia política o ideológica que favorezca a la nación. El ruedo nacional se ha convertido en escenario de la batalla final en la que los ciegos políticos están dispuestos a ganar o a perderlo todo. Es en situaciones como éstas en las que se incuban los “cisnes negros”, vale decir, acontecimientos inusuales que no están incluidos dentro de las expectativas basadas en referencias históricas lineales. Ya se están viendo las señales del inesperado hecho cuando el costo de la vida crece indetenible mientras la credibilidad de los gobernantes rueda por los suelos. Al mismo tiempo, el Congreso y los mecanismos gubernamentales de coerción, militares y policiales, viven el peor de los descréditos de la historia republicana. Agrava la situación el hecho de que en la sociedad dominicana no hay mecanismos de arbitraje. Nadie tiene ganada la confianza suficiente del pueblo como para convertirse en límite de las eternas discusiones que entre los políticos se generan.

Para colmo, el gobierno actual, empecinado en seguir enriqueciendo desmesuradamente a sus principales funcionarios, torpemente enfrenta a la Iglesia Católica y a los empresarios, alma y cuerpo que mueven la sociedad dominicana. Crean enemigos cuando lo que más necesitan son aliados poderosos e influyentes. Parecen olvidar el desenlace de situaciones de crisis anteriores cuando el clero y la empresa privada se han resentido por la desmesurada codicia de los políticos.

Los ciegos de la política dominicana planean sus acciones futuras en función de la situación que consideran probable, pero debían cuidarse más del agua mansa de los acontecimientos que, ahora, consideran improbables. Porque eso podría provocar una situación de violencia que nadie quiere ni necesita. El “cisne negro”, que tantas veces se ha denunciado y que siempre han negado los negociantes de la política, podría estar a la vuelta de la esquina.

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