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El islamismo en alza

Muchos en el mundo occidental, en Europa, Norte Centro y Sudamérica teníamos la esperanza de que de los estallidos revolucionarios, primero en Túnez y luego en Egipto y Libia, surgirían gobiernos laicos, democráticos, liberales y pro-occidentales, pues adoptarían las normas de Kemal Atarturk, de hace casi cien años cuando abolió el califato y creó un estado laico y moderno en Turquía.

Sin embargo, las fuerzas políticas que están predominando en las elecciones son las religiosas, las islamitas, las que creen que los gobiernos deben regirse por la ley religiosa sharia, basada en lo que establece el Corán, bajo la cual los líderes religiosos, los jefes de las madrazas y las mezquitas, influyen extraordinariamente en el manejo político. La verdadera revolución árabe, la llamada primavera árabe, no fue la que se escenificó en la Plaza Tahrir en El Cairo o la que tuvo como mecha el suicidio de un joven vendedor de frutas en Túnez, ni las luchas contra los soldados de Gadafi, sino la resultante del posterior advenimiento al poder de los partidos religiosos de la región. Precisamente los dictadores en los países árabes justificaron por años su forma de gobernar ante Washington y Europa planteando que la alternativa serían gobiernos islamistas.

Hace 80 años se creó en Egipto la hermandad musulmana. Muchos de sus líderes fueron apresados por largos años y otros tuvieron que exilarse. Durante las manifestaciones en la Plaza Tahrir su membresía actuó con discreción. Sin embargo, en las recientes elecciones parlamentarias, las primeras en décadas, ese movimiento logró el 37% de los votos. Peor aún, un movimiento religioso más radical y puritano, con normas que copian a las que rigen en Arabia Saudita, los salafistas, obtuvieron el 29%.

Hace 20 años los militares en Túnez dieron un golpe de Estado para evitar una victoria en el Parlamento por parte del Frente Islamista de Salvación. Después de la caída del dictador Zayn el Albidine Ben Ali, ese grupo, hace trece meses, obtuvo el 40% para la Asamblea Constitutiva en las primeras elecciones libres también en décadas. En Marruecos, en las elecciones parlamentarias de hace dos meses, el partido islamista Justicia y Desarrollo logró el mayor número de votos, aunque no la mayoría y por eso el rey le encargó formar el nuevo gobierno. En Libia bien podría ser que los islamitas predominen. En Siria, el principal grupo que lucha contra el dictador Bachar El Asad, luce que también está muy influenciado por los islamitas.

Arabia Saudí hace décadas que está bajo el control de los wahhabitas una sub-secta extremista del islamismo y, en Irán, controlan los ayatolás. La guerra civil en Yemen ha resultado en que ya un pueblo es controlado por Al Qaeda.

Además, persiste el eterno problema de las divisiones en sectas y sub-sectas musulmanas. En Irán el gobierno es chií, en Arabia Saudí y Bahréin  es suní. En Siria controlan los alauitas, una sub-secta chií, aunque la mayoría de la población es suní. En Irak la coalición entre chiíes, suníes y kurdos se desintegra.  En Bahréin el gobierno es suní, aunque la mayoría es chií y cuando recientemente los chiíes protestaron con violencia, la Arabia Saudí suní envió sus tropas.

Hasta dónde los elementos terroristas de Al Qaeda recibirán apoyo de los islamitas y, sobre todo, de los salafistas está por verse. Recuérdese que Bin Laden era de Arabia Saudita. Tampoco sabemos cómo afectará el flujo de petróleo, pero lo que sí sabemos es que perjudicará a las mujeres que quisieran vivir con mayor libertad y desempeñar un papel más activo en su sociedad.

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