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El neoliberalismo a derrotar

El neoliberalismo a derrotar
Narciso Isa Conde

El neoliberalismo es la fuente ideológica que alimentó las estrategias y modelos de dominación del gran capital a partir de su crisis estructural desplegada en las últimas décadas del siglo XX. Su producto ayudó a las élites capitalistas, especialmente financieras, a detener la baja y a multiplicar ganancias y poder, pero no así a evitar una crisis peor, que hoy estremece toda la civilización capitalista.

El neoliberalismo, por tanto, emanó de las necesidades del gran capital en el marco de su prolongada crisis sistémica de fin de siglo, y nutre, en el plano subjetivo, tanto el proceso de reestructuración y reordenamiento en los centros del capitalismo como sus relaciones entre sí y con sus periferias.

Las bases conceptuales del neoliberalismo se fueron ampliando y profundizando lo que sirvió de base conceptual a un proyecto con estrategias y planes bien precisos; a un proyecto de dominación integral multifacético: económico, social, político, cultural, militar, comunicacional… que correspondió a una especie de transición de un tipo de capitalismo a otro.

Al compás de los procesos de estructuración de los patrones científicos y tecnológicos, del auge de la micro-electrónica, la informática, la robótica… en los procesos productivos y organizacionales del capitalismo, el neoliberalismo hizo las veces de “savia ideológica” de un proyecto que reestructuró los centros del sistema, sacó temporalmente a sus cúpulas de las dificultades y golpeando, desarticulando, dispersando, exprimiendo y desordenando clases, sectores y países subalternos a escala mundial, con efectos mucho más devastadores en su periferia y semi-periferia: en Asia, África y América Latina y el Caribe.

 

Origen y evolución del neoliberalismo 

El neoliberalismo, aunque tiene relación con el liberalismo clásico del siglo pasado, es un fenómeno considerablemente distinto. Su texto de origen es el libro «Camino a la servidumbre», de Friedrich Hayek, publicado en 1944 con un fuerte componente crítico a la gestión del Partido Laborista inglés y con una  concepción basada en el criterio de que toda limitación a los mecanismos de mercado constituye un atentado a la libertad.

Surgió entonces como una reacción teórica y política sumamente enérgica contra el Estado intervencionista y contra el llamado Estado de bienestar conformado como modalidad del capitalismo dominante enla Europa de la posguerra; condicionado este último por la expansión del socialismo real y el significativo peso del movimiento obrero y popular y de las diferentes corrientes de izquierda en esos países.

La primera reunión constitutiva del centro promotor de esas ideas se realizó en Mont Pelerin, Suiza; en ella participaron intelectuales europeos adversarios del Estado de bienestar, estadounidenses y latinoamericanos enemigos del New Deal.

Entre los participantes en ese primer encuentro se destacaron: Milton Friedman, Karl Popper, Lionel Robbins, Ludwig Van Mise, Walter Lippman, Walter Wukpen, Michael Polanyi y Salvador Madariaga. Allí quedó constituidala Sociedad Mont-Pelerin, una especie de masonería neoliberal, llamada a reunirse periódicamente.

El objetivo entonces, de esa asociación, fue combatir el keynessianismo y propugnar por un capitalismo duro, libre de reglamentaciones y de significativos gastos sociales, exaltador de las desigualdades y de la competencia sin límites.

En todo su período inicial y más allá, el neoliberalismo se enfrentó a condiciones adversas dentro del capitalismo. Esa fue la época del auge del capitalismo con regulación del mercado y ciertas normativas sociales, lo que hizo que el mensaje neoliberal permaneciera en la marginalidad, sensiblemente aislado en todo el curso de los primeros 20 años posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

Su ascenso comienza con la crisis del capitalismo de posguerra, cuando se registra una baja en la tasa de ganancia de las grandes empresas, cuando se desarrollan los procesos de recesión acompañados de inflación, cuando el agotamiento de ciertas materias primas se torna amenazador. Entonces es cuando sus ideólogos arrecian sus prédicas culpando a los sindicatos, a las conquistas obreras y populares, a la protección y al gasto social de esas dificultades sistémicas.

Y en ese contexto fueron precisadas y ampliadas sus recetas iniciales: tumbar las políticas sociales y disminuir los gastos en esa dirección, controlar el dinero y garantizar la estabilidad monetaria, aceptar como natural una alta tasa de desempleo, reducir los impuestos sobre las ganancias, derribar las barreras arancelarias…

El proceso de avance hacia la hegemonía de ese programa de ajustes se llevó todo un decenio, comprendido entre 1973 y 1983, recibiendo fuertes impulsos con los respectivos ascensos al poder de Margaret Thatcher en Gran Bretaña (1979), Ronald Reagan en Estados Unidos de América y Helmut Kohl en la República Federal de Alemania.

Y al avanzar esas ideas en Dinamarca, todo el norte de Europa, exceptuando Suecia, cayó en las redes de un viraje conservador, neoclásico o neoliberal.

En ese período de auge neoliberal se reforzó también el contenido anticomunista de las opciones neoliberales y al final del mismo se amplió su ideario no sólo con un énfasis mayor en las privatizaciones, sino además con planteamientos que lo definen hoy como un proyecto de dominación dentro de una transición del capitalismo, basada en reestructuraciones y ajustes económicos, políticos, institucionales, culturales, ideológicos y militares bien precisos.

En el resto del decenio de 1980 se convalidó la hegemonía neoliberal, acompañada de una fuerte ofensiva tanto en los centros del sistema como en su periferia. No se trató, lógicamente, de una ofensiva caracterizada por ejecuciones uniformes, o de igual profundidad, en los programas aplicados en todos los países.

Tanto el volumen, los tiempos, los componentes y las intensidades de los ajustes presentaron variaciones según las tradiciones nacionales y según los niveles de resistencia interna a su aplicación.

En unos se registraron sus variantes duras o extremistas; en otros, sus modalidades blandas o medianas. A veces, incluso se combinaron los discursos duros con las aplicaciones más o menos mansas, o viceversa.

Estados Unidos, por ejemplo, a pesar de convertirse en un gran abanderado de esa ofensiva mundial, internamente mantuvo su elevado gasto militar y no respetó la disciplina presupuestaria recomendada por el FMI. La guerra fría y la ofensiva contra la URSS motivaban esa conducta en plena era “reaganiana”.

En el Este europeo, después del derrumbe del socialismo real, estuvo muy presente su modalidad extremista.

En América Latina y el Caribe el primer gran ensayo neoliberal tuvo lugar en Chile, a partir del golpe de Estado de Augusto Pinochet, expresándose en una de sus variantes más drásticas y perversas, evidenciando además que la democracia no es un valor central de la ideología neoliberal.

Jeffrey Sachs, quien fue el ideólogo de la política de shock en Bolivia (1985), también jugó ese papel en Polonia y en Rusia.

En América Latina y el Caribe, el gran viraje neoliberal, precedido de los citados ejemplos chileno y boliviano, tuvo lugar a finales de los años 80.

Las sucesivas administraciones de Jorge Blanco en República Dominicana (1982-1986), Seaga en Jamaica y Salinas de Gortari en México (1988), las de Menem en Argentina y de Carlos Andrés Pérez en Venezuela (1989), la de Fujimori en Perú (1990), implicaron un giro capital hacia su hegemonía en casi todo el subcontinente, no sin duras peleas, resistencias, variaciones y retrocesos a partir de los mismos.

Un rasgo común en todos esos casos fue el hecho de que ninguno de esos presidentes confesó lo que iba a ejecutar, sino que, constituidos sus respectivos gobiernos, impusieron por sorpresa diversos componentes de la estrategia neoliberal. Golpearon a sus pueblos con asechanza y alevosía, evidenciando su subordinación, esencial a los designios de un poder imperial que auspiciaba esos nuevos pasos.

En República Dominicana su impacto fue tan indignante que provocó el estallido social de abril de 1984.

El cambio de correlación de fuerza que ese gran viraje a escala mundial representó se tradujo posteriormente en un vasto y multifacético proceso de neo-liberalización de gobiernos y partidos socialdemócratas, conservadores, liberales, derechistas, centroderechistas y hasta centristas y centroizquierdistas.

Un producto de esa hegemonía es el conjunto de presidentes y gobiernos de Sudamérica, Centroamérica y una parte del Caribe insular, incluidos los sucesivos gobiernos de República Dominicana, presididos por Leonel Fernández e Hipólito Mejía y gestionados por el Partido de la Liberación Dominicana que en el pasado lideró Juan Bosch y el Partido Revolucionario Dominicano que antes encabezó José Francisco Peña Gómez, líder latinoamericano de la Internacional Socialista.

La neo-liberalización en grados, profundidades y extensiones variadas, de la llamada clase política tradicional, de los partidos del sistema y de las izquierdas y centroizquierdas arrepentidas, ha sido uno de los productos más nefastos de esa hegemonía.

Igualmente, lo relativo al proceder de las instituciones nacionales bajo su influencia, de una gran parte de la tecnocracia y de un amplio espectro de lo que en el pasado fuera la intelectualidad progresista e incluso revolucionaria.

Golpeada la única alternativa referencial concreta representada por el llamado socialismo real y convertido el viraje neoliberal en una abrumadora ofensiva ideológica y política escasamente contrarrestada, se crearon las condiciones para ampliar el dominio de las mentes más allá de la muy pronto evidente incapacidad del orden neoliberal para contener la catástrofe social, económica, ecológica y moral que afecta a la humanidad en los albores del tercer milenio.

 

Una impugnación desde la indignación creciente

Es indiscutible que el neoliberalismo opera como una ideología que alimenta y norma todo el proceso de reestructuración del capitalismo a escala mundial, sintetizando en su plataforma doctrinaria una fase muy específica de transición dentro del sistema: de un patrón de acumulación a otro y de una modalidad integral de dominación a otra, que potencia en mayor grado el poder de la propiedad privada altamente concentrada, el totalitarismo cultural, el individualismo exorbitante, el poder de un mercado manipulado y el dominio de las mentes.

Pero también como un recetario drástico cuando las cuentas estatales se desestabilizan, esto es, cuando se emplea como un mecanismo para recargar los platos rotos de sus crisis sobre la sociedad ubicada fuera de las elites sociales, dado que el capital dominante carece hasta el momento de fórmula sustituta más allá de ciertas atenuaciones de su dureza, en casos extremos y cuando dispone de márgenes de maniobra, que no es precisamente cuando los déficit se disparan.

El problema es que esa dinámica perversa atiza la indignación y la rebeldía que tienden a impugnarlo.

Por eso hay que decir que el neoliberalismo no necesariamente será un fenómeno extremadamente duradero, mucho menos inmutable. Pero si una realidad, que pese a que ya comienza a ser sensiblemente debilitada, todavía no se ha revertido completamente.

Lograr esto es uno de los grandes desafíos del presente y el futuro próximo, y ciertamente que en los dos primero lustros del siglo XXI América Latina y el Caribe se situó a la vanguardia de las resistencias globales, los cuestionamientos teóricos y prácticos de este orden neoliberal, junto a los las grandes movilizaciones e indignaciones que han brotado al compás de la conversión de la crisis estructural capitalista del finales del siglo pasado en crisis de la civilización burguesa, con su epicentro ahora en EEUU y su expansión a Europa y el Norte de África.

La respuesta popular a esta crisis integral ha pasado con más vigor a las calles inundando en estos días Wall Street e importantes zonas neurálgica de las grandes urbes estadounidenses, después de estremecer parte de Europa Occidental.

En nuestra República Dominicana, víctima en grande de esa estrategia de dominación, ahora sometida a un saqueo colosal de su territorio, vale rechazar el electoralismo que evade enfrentar los pilares del neoliberalismo, vale cuestionar los reformismos que asumen discursivamente un neoliberalismo atenuado, para emprender ya con fuerza la rebeldía y la democracia de calle  que arremeta contra los agentes y beneficiarios del capitalismo neoliberal en sus expresiones sociales, económicas, políticas y culturales, y que asuma las propuestas alternativas que conduzcan a una sociedad justa, soberana y solidaria, donde el interés colectivo prime sobre el egoísmo y la opulencia de unos pocos. Aquí también hay símiles de Wall Street y expresiones señeras de la avaricia frente a la cuales expresar nuestra indignación y voluntad de cambio.


 

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