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El pajillero de Naco

Caminaba arrastrando la carga de los años, que pesa más cuando la vida ha sido un empedrado trayecto de pobreza, necesidades insatisfechas y sueños truncos. Los pasos eran, sin embargo, menos dramáticos que la voz.

El anciano de piel negra (sabrá Dios cuántas inclemencias de sol almacenaba en la epidermis) pregonaba su servicio en plena calle del acomodado sector de Naco y, más que hacer una oferta, parecía demandar un rescate urgente del foso de la miseria.

“Pajillero”, “pajillero”. El progón subía hasta la cima de las soberbias torres como un llanto desatado, desbordado y líquido. Llegó a los oídos de una querida amiga, quien impactada no se resistió a la catarsis y me telefoneó al instante para relatarme el drama, aposentado en su cadena existencial.

Difícil de entender que un viejo pajillero, con un par de rollos de material para reemplazar pajillas rotas se desplazara con la ansiosa esperanza de levantar unos chelitos por una zona con la que su oficio ya no guarda relación.

¿Se habrá quedado varado en el tiempo? ¿Ese Naco al que acudió buscando reparar pajillas de muebles está sólo en su imaginación? ¿En su mundo imaginario sigue viendo las casas de antaño con las mecedoras de pajillas en las galerías y las terrazas solariegas?

En este país sin protección social ni mucho menos políticas públicas consistentes para la dignificación de  los ancianos, envejecer puede ser un escenario dantesco en el que se conjugan las discapacidades, la baja calidad de vida, el dolor y la miseria.

¿Cuántos ancianos andan como el pajillero de Naco, o en condiciones peores, en busca del tiempo perdido o tratando de hallar una rama donde agarrarse y contener la furia del río bravo que es la vida para los menos afortunados, las víctimas de la inequidad y de la concentración de la riqueza?

Contamos con una población de adultos mayores que se aproxima al millón y de esa cantidad el 60 % es pobre, muchos de los cuales viven en la calle o en soluciones habitacionales deplorables. Pensemos y hagamos más por nuestros viejos.

 

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