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El papa Francisco en el Congreso de Estados Unidos

En sus recientes viajes a Cuba y Estados Unidos, el papa Francisco tuvo alrededor de veinticinco intervenciones, repartidas entre discursos, homilías y oraciones. En Estados Unidos habló en los más diversos escenarios, desde un centro comunal con un grupo de homeless en Washington, D.C., pasando por la hermosa Catedral de San Patricio en Nueva York y terminando en la plaza pública ante una extraordinaria multitud en la ciudad de Filadelfia. En todos y cada uno de los lugares en los que habló dejó su sello, pronunció alguna frase memorable o tuvo algún gesto que conmovió a los presentes y a los millones de personas que lo seguían por televisión. La profundidad de su discurso –que es a la vez religioso y humanista- viene acompañada de una sencillez que sorprende e inspira, con una sonrisa desbordante que expresa ternura, compasión y alegría. Solo hay que ver las fotos del papa con el presidente Obama y su familia, personas que no tienen ninguna relación con el catolicismo, para poder apreciar la magia contagiosa de este “pelegrino de la misericordia”, como se ha dado él en llamar.

De todos los escenarios en los que se presentó el papa Francisco en Estados Unidos, el más exigente, por mucho, fue el Congreso de ese país, ante el cual, dicho sea de paso, es la primera vez que un papa se presenta. Toda la prensa estadounidense e internacional sometió ese discurso, tanto en la forma como en el fondo, al más riguroso escrutinio, siendo ese, sin dudas, el foro político más importante del mundo. El papa Francisco pasó la prueba con creces, lo que redimensionó su figura y lo reafirmó no solo como el principal líder religioso del mundo, sino también como un actor político de primerísimo orden a nivel mundial, aún sin el poder que dan los gobiernos, los ejércitos y los grandes presupuestos de las potencias mundiales.

En su discurso ante la sesión conjunta de las cámaras legislativas de Estados Unidos, el papa Francisco mostró que conoce y respeta la historia de esa gran nación, que no está afectado por el anti-americanismo simplista que se percibe en muchos círculos alrededor del mundo, especialmente en Europa y América Latina, y que tiene una relación de respeto y admiración hacia algunas de las figuras más emblemáticas de esa nación. Como él dijo refiriéndose a Estados Unidos: “Una nación es considerada grande cuando defiende la libertad, como hizo Abraham Lincoln; cuando genera una cultura que permita a sus hombres ‘soñar’ con plenitud de derechos para sus hermanos y hermanas, como intentó Martin Luther King; cuando lucha por la justicia y la causa de los oprimidos, como hizo Dorothy Day en su incesante trabajo; siendo fruto de una fe que se hace diálogo y siembra paz, al estilo contemplativo de (Thomas) Merton”. A cada uno de ellos dedicó una parte de su intervención como forma de encontrar una narrativa a partir de la propia historia estadounidense que promueva la libertad, la inclusión, la no discriminación, la justicia social y el diálogo como forma de lidiar con los grandes problemas que enfrenta la humanidad en cada época.

Tres ideas sobresalen en el discurso del papa Francisco ante el Congreso de Estados Unidos. La primera es la crítica severa a todo forma de fundamentalismo, lo cual tiene un mérito especial proviniendo de un líder religioso. Dijo el papa: “El mundo es cada vez más un lugar de conflictos violentos, de odio nocivo, de sangrienta atrocidad, cometida incluso en el nombre de Dios y de la religión. Somos conscientes de que ninguna religión es inmune a diversas formas de aberración individual o de extremismo ideológico”. En este pasaje hay una crítica solapada a la propia Iglesia católica por las aberraciones que se han cometido en su interior en los últimos tiempos, así como otras religiones desde las cuales se han fomentado las formas más extremas de violencia. Y en relación a este tema, el papa añadió: “Esto nos urge a estar atentos frente a cualquier tipo de fundamentalismo de índole religiosa o del tipo que fuere. Combatir la violencia perpetrada bajo el nombre de una religión, una ideología, o un sistema económico y, al mismo tiempo, proteger la libertad de las religiones, de las ideas, de las personas requiere un delicado equilibrio en el que tenemos que trabajar”. Aquí el papa revela una vena liberal poco común en los líderes de la Iglesia católica y de otras religiones también.

Una segunda idea es la crítica al reduccionismo al analizar los problemas, los desafíos y los dilemas que enfrentan los hombres y las mujeres en su realidad concreta. Dice el papa que: “…puede generarse una tentación a la que hemos de prestar atención: el reduccionismo simplista que divide la realidad en buenos y malos; permítanme usar la expresión: en justos y pecadores”. A lo cual agrega: “El mundo contemporáneo… nos convoca a afrontar todas las polarizaciones que pretenden dividirlo en dos bandos”. Este pasaje recoge lo que ya él ha expresado en otros contextos, esto es, que el ser humano tiene que ser visto en su complejidad a partir de su realidad, y no en función de una idea o categoría que lo reduce a un bando u otro: bueno o malo, justo o pecador, salvado o condenado. De ahí la profunda compasión que transpira este hombre en cada paso que da.

Una tercera idea clave en su intervención es la crítica al discurso y la práctica exclusivista que se manifiesta en múltiples terrenos. “Cuidémonos –dice el papa Francisco- de una tentación contemporánea: descartar todo lo que moleste”. Y ahí recurre a uno de los pasajes más poderosos de los evangelios (Mt 7,12). Dice él: “Recordemos la regla de oro: ‘Hagan ustedes con los demás como quieran que los demás hagan con ustedes’”. Esta regla, según él, “nos da un parámetro de acción bien preciso: tratemos a los demás con la misma pasión y compasión con la que queremos ser tratados”. Este es un llamado al respeto, la compasión, la inclusión, la no discriminación y la no violencia en el tratamiento de nuestras diferencias.

En definitiva, el discurso del papa Francisco tiene como centro la dignidad humana –la de cada ser humano-, lo que nos interpela radicalmente a repensar nuestras formas de relación con los demás, tanto en un plano personal como en el ámbito más amplio de las relaciones sociales, políticas e ideológicas. Se trata de un papa que nos ha hecho pensar y que seguro lo seguirá haciendo con sus palabras, sus gestos y sus acciones.

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