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El trujillismo, 50 años después

El trujillismo, 50 años después
Rosario Espinal

En unos días se cumplen 50 años del asesinato del dictador Rafael L. Trujillo y la ocasión es propicia para recordar cuánto ha cambiado la República Dominicana en este período, y reflexionar sobre lo que persiste.

El país cuenta con un empresariado diverso, una clase media amplia y pujante, un segmento significativo de la población dominicana ha emigrado al exterior, otros han migrado de Haití a la República Dominicana, hay libertades civiles, elecciones competitivas, un sistema de partidos bastante estable, y muchas organizaciones sociales. La mayoría de la población vive en las ciudades y está altamente integrada al mundo exterior a través de los medios de comunicación, la migración y el turismo.

Podríamos decir que en los últimos 50 años, la sociedad dominicana cambió más que en toda su historia anterior. La población creció más, la economía creció más, los servicios públicos se ampliaron y se produjo un importante proceso de movilidad social.

Aunque algunos nostálgicos del trujillismo resalten los supuestos beneficios de aquella época dictatorial, probablemente muy pocos dominicanos quisieran vivir hoy en un régimen atroz como el de aquella época.

Pero ojo, hay graves problemas en la sociedad dominicana que llevan a muchos a desear la vuelta de un “jefe”. La delincuencia y la sensación de desorden en el Estado y la sociedad son los factores que motivan tales deseos.

En la época de Trujillo, con una sociedad pequeña y un Estado altamente represivo, era fácil controlar la delincuencia de quienes no eran parte del régimen. El crimen era prerrogativa del gobierno que robaba y mataba impunemente. El resto de la sociedad era severamente castigada si violaba las normas. Las violaciones eran exclusividad del dictador, y la población se acostumbró a aguantar muchas barbaridades sumida en el miedo y el silencio.

Para el Estado ejercer un poder dictatorial, necesitaba orden. Un orden impuesto, no consultado, ni dialogado. La disidencia era reprimida y sancionada.

La democracia actual, por el contrario, corre el riesgo de proyectar una sensación de desorden porque no logra consensuar un orden institucional participativo y más transparente.

En la República Dominicana actual, los partidos políticos representan electoralmente a la ciudadanía, pero no políticamente, porque ni los partidos ni el Estado están interesados en consensuar las políticas públicas que la población desea y espera.

En el sistema de democracia clientelista imperante, el desorden administrativo es funcional a la acumulación de capital de los políticos y el empresariado.

Eso genera vacíos de representación política que los partidos suplen con más clientelismo y corrupción para forjar alianzas y apoyos políticos. Como el sistema es muy excluyente, a pesar de sus ribetes democráticos, se generan grandes insatisfacciones ante las demandas insatisfechas de la sociedad.

En la Era de Trujillo, los únicos beneficiarios de la política eran el dictador y sus allegados. El resto de la población era oprimida o subordinada, y su único camino era la obediencia. Estar fuera de ella significaba encontrar la cárcel, la muerte o el exilio.

En los últimos 30 años, la rotación de los partidos políticos en el poder ha permitido equilibrar el sistema de democracia clientelar, pero no fortalecer una democracia institucional.

En encuesta tras encuesta, la sociedad dominicana dice que prefiere la democracia a otro tipo de gobierno, pero se queja del desorden que impera y muestra cierta añoranza por la mano dura. Esto no debe interpretarse como nostalgia por el trujillismo, sino como un deseo de que la democracia dominicana sea más institucional, más justa y más transparente.

¿Podrá la República Dominicana finiquitar el legado nefasto del trujillismo en los próximos 50 años?

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