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El valor de mi voto

Tuve la oportunidad de oír a una persona decir que iba a votar por determinado candidato porque uno de sus activistas lo invitó a su casa y le brindó  un plato de moro de habichuelas y un litro de ron, llenándolo así de entusiasmo. Otro, en cambio, manifestaba que votaría por el que simplemente le simpatizaba, aunque no lo conociera personalmente.

Durante todos estos días he escuchado a personas que esperan recibir dádivas, de algún político, para comprometer su voto. ¡Qué barbaridad!  Pero, así  se comportan  muchas de nuestras gentes que se aprovechan de estas actividades comiciales que culminarán el domingo 20 de este mes.

Realmente me sentí apenado y avergonzado por la ignorancia que denotan estas personas, que solo piensan con el estómago, y no valoran la importancia de su voto en un sistema democrático, y lo comprometen y comercializan al mejor postor. Para  estos individuos el  “caravaneo” es una delicia, porque ahí se la buscan como un toro.  Esto ha sucedido en procesos electorales pasados y lamentablemente, lo mismo ocurre ahora.

Muchos en este país todavía no han aprendido el significado de la verdadera democracia. Tampoco se preocupan por conocer los programas que presentan los candidatos para determinar si llenan o no sus expectativas. Pero a los potenciales votantes inconscientes, y siempre ha sido así,  no les importa si  los programas son  buenos o malos, insustanciales o demagógicos.

Lo más penoso, porque constituye una falla, en nuestra cuestionada democracia, es la actitud de partidos políticos importantes del país, que no ponen a verdaderos representantes del pueblo a  participar en las primarias para escoger a sus candidatos presidenciales, congresuales  y en  los cabildos. Desde hace tiempo, muchos de estos candidatos son señalados con el dedo, lo que ha creado disgustos entre algunos dirigentes y líderes de organizaciones políticas.

En este país el ejercicio de “nuestra  democracia” se ha constituido en un juego algo extraño, por no decir otra cosa,  porque ganan los comicios aquellos que tienen la mayor capacidad económica para comprar votos y dirigentes de comités de base, y asegurar su nominación en las primarias. Eso es algo que a muchos nos desencanta.

Mi voto es importante porque, con él, puedo elegir al candidato que presente un programa, que sea  bien elaborado y que realmente vaya a beneficiar a todos los sectores del país. Con el poder de mi voto yo elijo o rechazo al que me convenza o no con sus principios. Mi voto no lo echaría a favor de candidatos con conductas cuestionadas y con programas de gobierno demagógicos, cuyo  único interés es servirse del pueblo.

Pese a lo que tenemos y entendemos aquí por democracia, el potencial  votante debe tomar en cuenta lo que han hecho a favor del pueblo los gobiernos pasados de los tres grandes partidos.

Y sin apasionamiento ni fanatismo, dentro de nuestra realidad, analizar con inteligencia y cordura, cuáles de los gobernantes pasados y los que van a ser electos,  ha hecho más a favor del país y cuantificar, si es posible, la importancia de esas obras,  si han favorecido o no al  pueblo dominicano.  Tras un bien ponderado y frío análisis, entonces, de manera consciente, depositar su voto en la urna.

Otra cosa, debemos entender que el ejercicio de la verdadera democracia consiste en el predominio total, simple y llanamente, del pueblo en el gobierno político de un Estado. Es nuestro deber votar  y elegir al que creamos pueda desempeñarse bien en el manejo de las cosas públicas y que nuestro Dios y Señor Jesucristo lo ayude.

Sin embargo, los dominicanos, que valoramos nuestro voto, esperamos que surja, en un futuro cercano, una nueva generación de políticos jóvenes, serios y honestos, que sustituya a los dinosaurios. Y que esa generación joven entienda y practique, una verdadera democracia, que nos satisfaga a todos.

Es necesario fijar en nuestra mente que un buen gobierno democrático es el que surge de las propias entrañas del pueblo, producto de unos comicios transparentes, que es lo que todos anhelamos y esperamos, evitando así  que grupos de politiqueros aprovechados, sin ningún tipo de formación, se hagan ricos, de la noche a la mañana, con los dineros del pueblo, dándole  las espaldas,  sin siquiera  sonrojarse.

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