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El verbo favorito que nos hunde

El verbo favorito que nos hunde
Víctor Bautista

El verbo que más pesa en el ejercicio de la política en República Dominicana es “dar”, pero con una semántica muy especial desconectada de la creación de valor para construir riqueza virtuosa -aquella que contribuye con la equidad y la inclusión, fortaleciendo el tejido social a través de las generaciones-.

“Dame lo mío” – como una vez escribiera Aníbal de Castro en un artículo de alto impacto reflexivo sobre la dádiva como factor estructural en la sociedad dominicana- arropa seductoramente a todos los estratos.

Los menos favorecidos quieren “lo suyo” para sobrevivir en el día a día, resolver sus urgencias de corto plazo sin importar el futuro que -en su concepción- es una tribulación responsabilidad exclusiva de los descendientes, de quienes esperan suficientes habilidades para “buscárselas”.

La clase media -caminando sobre el filo de la navaja con precipicios a ambos lados y el latente riesgo de caer en la pobreza- busca desesperadamente el ascenso social. Para algunos segmentos de ese sector la política es una plataforma adecuada en la épica de cruzar el Rubicón para mudarse al lado de la oligarquía.

En esta aventura juega un rol determinante el “dame lo mío” basado en el ordeño del erario desde la nómina pública, la cesión enmascarada de contratos a vinculados, la magia de ganar todos los concursos de compras, financiar a los políticos, jugar bien el rol de testaferro y, finalmente, arreglárselas para retener los impuestos como parte del capital espurio.

Los muy ricos, insaciables, siempre quieren más, nuevas oportunidades bajo la sombra de papá Estado. Buscan “lo suyo” a otro nivel, de forma más compleja, triangulada y velada, detrás de la cortina, gestionando su perfil público, muy diferente a los dos segmentos sociales antes citados, pero que al final termina en lo mismo: “Dame lo mío”.

De esa manera cada quien, con celo territorial, levanta su propia patria, su micro nación, su república independiente, debilitando las instituciones de un Estado que deja de ser árbitro para convertirse en cómplice, aunque se pretenda disfrazar la cuestión como alianza público-privada.

La nación necesita ser refundada cambiando esa cultura, para lo cual se requerirán décadas y quizás una crisis profunda que nos lance a un foso insondable. Entonces tendremos la real transición. Mientras tanto, los más exitosos en política serán quienes tengan mayor capacidad de “dar” a todos, extendiendo una mano generosa, tolerante, dejando hacer y dejando pasar. Visto desde el auténtico sentido de nación, este país está destruido en sus cimientos pese al indiscutible progreso material.

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