Santo Domingo.– Luego de dos décadas de silencio, dos hermanas confesaron haber sido víctimas de abuso sexual cuando eran niñas por parte del sacerdote Alejandro Peña Sánchez, quien ha ejercido su labor en distintas parroquias del país.

Las víctimas, quienes prefirieron mantener su identidad anónima, narraron cómo fueron sometidas a tocamientos y agresiones durante años. Denunciaron el silencio y la falta de apoyo de sus familias y de la Iglesia.

La mayor de ellas, a quien El Informe llamó «María» (nombre falso), comentó que el susodicho agresor era alguien recurrente en la familia y siempre fue muy cariñoso con ella. A medida que fue creciendo, confiesa, el sacerdote le ponía la mano en sus senos, alegando que esto no era nada malo.

A medida que los acercamientos y toques pasaron, María dice que dejó de sentirse normal y cambió su dinámica por completo.

Posteriormente, con el tiempo, los toques se volvieron más íntimos y de contacto directamente sexual, como penetración y sexo oral, según comenta la víctima. Así hasta que ya al ser mayor, ella se negó

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La otra cara de la moneda

En entrevista vía Zoom, la hermana de “María”, identificada como “Ana” (nombre falso), relató que al principio los abusos no siempre fueron explícitos, pero que ocurrieron de forma frecuente:

Hizo claro el hecho de que ella sabía que a su hermana mayor le pasaba lo mismo, pero esta no sabía que a ella también le pasaba. Recuerda que apenas tenía 12 años cuando asegura que inició el martirio.

 “María” narra que, al enterarse de que su hermana también era víctima, reconoció que por mucho tiempo después se culpó por no haber denunciado antes.

El abuso duró prácticamente toda su adolescencia, hasta tener la mayoría de edad. María comentó que no habló, sino que ya cuando era una mujer decidió sacar a la luz todo lo ocurrido.

Ana añadió que la relación con su madre era distante y se sentía rechazada, por lo que encontró en el sacerdote una figura de confianza, a pesar del abuso.

Ambas coinciden en que la madre no tomó medidas, e incluso acusó a Ana cuando su hermana le habló sobre los abusos. Al momento que la madre supo de los abusos, dice que no hizo nada porque sus hijas eran grandes y ya mayores de edad.

¿Quién es el acusado?

El sacerdote Peña Sánchez ha sido asignado a al menos seis comunidades distintas, incluyendo Villa Los Almácigos, Montecristi, Loma de Cabrera, y actualmente está a cargo de la parroquia Nuestra Señora de la Esperanza, en Valverde.

Fuentes eclesiásticas confirmaron que estuvo suspendido por cerca de un año mientras se investigaba una denuncia, aunque aparentemente no se comprobó el caso.

En entrevista con El Informe, Peña Sánchez se negó a hablar sobre las acusaciones y dijo que prefería abordar el tema con sus abogados.

Mientras tanto, la diócesis de Mao-Montecristi confirmó que se activaron protocolos internos para investigar los hechos y que actualmente se ha impuesto una prohibición de ejercicio público al sacerdote.

La opinión psicológica

La psicóloga intrafamiliar Itania María explica diferentes puntos de lo ocurrido y sus posibles porqués.

Como:

  • ¿Por qué las víctimas de abuso, a manos de familiares o sacerdotes esperan en ocasiones años para narrar lo ocurrido?

En la mayoría de los casos, si no en todos en su totalidad, cuando la persona víctima de abuso carga tanto tiempo, es que siente mucha vergüenza y, en este caso en particular, si mi propia madre no me creyó, no me validó. Probablemente la sociedad tampoco.

La psicóloga también dice que el apoyo de la familia juega un papel fundamental en la recuperación de víctimas de abuso sexual.

Cuando el entorno cercano responde con credibilidad, contención emocional y sin emitir juicios, la víctima puede comenzar un proceso de sanación más seguro. Sentirse acompañada fortalece los vínculos y permite reconstruir la confianza en los demás.

Por el contrario, cuando la familia responde con indiferencia, incredulidad o rechazo, el daño psicológico se profundiza.

También, en psicología, explican que las víctimas pueden sentir confusión afectiva hacia sus agresores debido a la manipulación y el desequilibrio de poder, lo que dificulta la denuncia y prolonga el sufrimiento.

Ana confesó que tardó más de 20 años en hablar del abuso y que las secuelas afectaron sus relaciones personales, incluso llegando a sufrir violencia doméstica.

Ambas víctimas exigen justicia y un compromiso real de la Iglesia para proteger a los menores y no encubrir a los agresores.