No es exagerado afirmar que estamos presenciando un cambio sísmico en las relaciones internacionales, un giro histórico que podría marcar el fin de una era que comenzó con el fin de la Segunda Guerra Mundial.
Las recientes declaraciones de Friedrich Merz, el recién electo canciller alemán, y la firme postura del presidente francés, Emmanuel Macron, ante Donald Trump en la Casa Blanca, son señales claras de que Europa está decidida a tomar un camino propio, alejándose de la tutela de Estados Unidos. Algo que, hasta hace poco, parecía impensable. Y no es sólo alejarse Trump, es hacerlo de Estados Unidos como nación, algo insólito.
Merz, un político conocido por su ferviente defensa de la OTAN, ha sorprendido al mundo al declarar que su prioridad será lograr la independencia de Europa frente a Estados Unidos. Sus palabras no son meras bravatas electorales, pues ya ganó, son el reflejo de un sentimiento que se ha ido gestando en el Viejo Continente ante la creciente indiferencia y el aislamiento que ha mostrado la administración Trump hacia sus aliados tradicionales, lo cual los europeos han entendido ha sido respaldado por el pueblo estadounidense.
El cuestionamiento del futuro de la OTAN y la urgencia de fortalecer una defensa europea independiente no son solo ideas de Merz, sino un eco de lo que muchos líderes europeos piensan en privado, dado que Trump es sólo un presidente, sino que se ha convertido en una ideología estadounidense.
Por su parte, Macron, en su visita a Washington, no dudó en corregir a Trump en varias ocasiones, dejando claro que Europa no está dispuesta a seguir el guion estadounidense en temas cruciales como la guerra en Ucrania ni prestarse a sus chantajes.
El presidente francés recordó que la responsabilidad del conflicto recae en Rusia, no en Ucrania, y subrayó que Europa ha aportado «dinero real» en ayuda a Kiev, en contraste con los préstamos condicionados que propone Trump. Estas correcciones públicas, aunque hechas con diplomacia y ante un Trump rojo de la ira, son un mensaje contundente: Europa ya no está dispuesta a ser un apéndice de la política exterior estadounidense.
Lo que estamos viendo es un fenómeno insólito. Desde 1945, Europa ha dependido de los Estados Unidos para su seguridad y estabilidad. La OTAN ha sido el pilar de esa estrecha relación, sobre todo para enfrentarse a los intereses rusos.
Ahora, sin embargo, con un Trump que amenaza con retirar las garantías de seguridad y reducir la presencia militar estadounidense en el continente, los europeos se ven obligados a reconsiderar su posición. La idea de un «paraguas nuclear europeo», propuesta por Merz, aunque compleja y costosa, es un síntoma de esta nueva realidad.
Pero no todo es seguridad y defensa. Este distanciamiento también tiene raíces económicas y políticas. La administración Trump ha dejado claro que su prioridad es América primero, incluso a costa de sus aliados. Las tensiones comerciales, las críticas constantes a la OTAN y la falta de apoyo firme en temas como Ucrania han erosionado la confianza entre ambos lados del Atlántico.
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