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Exaltaciones que indignan

Narciso-Isa-Conde.

Narciso-Isa-Conde.

Ellas nos impactan en pleno siglo XXI, aun en medio de una formidable revolución tecno científica y de reiteradas e históricas proclamas en favor de la igualdad, la democracia y la fraternidad.

Después de abolida formalmente la esclavitud y la servidumbre y de ponderadas hasta el hastío las supuestas virtudes libertarias de la modernidad y post-modernidad capitalista.

Después de juzgadas y justamente condenadas hace siglos la nobleza y la monarquía como algo ofensivo a la dignidad humana, y de muy bien ponderado el valor de la modestia y la sencillez en las relaciones entre seres considerados iguales ante la ley.

Sin embargo, no han cesado las agresiones y ofensas materiales y espirituales a los hombres y mujeres del pueblo llano.

No solo aquellas derivadas de la división de clase que sitúa al capitalista como un ser superior, siendo explotador, opresor y discriminador del “pobretariado”.

No solo las generadas por el predominio del blanco sobre el negro, el mestizo, el mulato, el amarillo y el cobrizo. Ni de aquellas propias de la dictadura de los adultos contra la juventud y la niñez  o de la dramática opresión de género.

Insisten en condenarnos a sufrir las exaltaciones desproporcionadas y los títulos, distinciones y calificativos elitistas de épocas superadas, que solo persiguen imponer jerarquías artificiales para subordinar a los/as de abajo y abusar desde arriba.

Y así nos meten por ojos y oídos, incluso hasta por la piel, a reyes y reinas, príncipes y princesas, marqueses y condesas.

Nos hablan de “Excelentísimos Presidentes” que no son más que simples ciudadanos-presidentes, y de “Excelencias Reverendísimas” que no son ni una ni otra cosa.

De “Primeras Damas” que no deberían ser más que lo que son: parejas, esposas, compañeras… Y valer como cualquier otra persona, por lo que es; no por el vínculo marital.

Llaman “Reverendísimos”, a quienes si bien podríamos respetar o apreciar, pero no reverenciar ni adular.

Le ponen el título de “Honorables” con mayúsculas incluso a legisladores/as y a ministros/a sinvergüenzas.

Y no faltan en su léxico los “Rectores Magníficos”, que bien son rectores sin que sea necesario colocarle ese apellido rimbombante.

Y no faltan en todas las oficinas gubernamentales las fotos del presidente de turno con la banda “terciá”, ni las galerías de fotografías de ex -ministros, ex-directores, ex-jefes militares y policiales, ex-gerentes… entre los que abundan asesinos, ladrones e incapaces.

Exaltaciones, en fin, medievales, aristocráticas, despóticas, trujillistas, ofensivas e indignantes, reveladoras de una banalidad y una adulonería a derrotar junto a esta seudo-democracia.

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