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Fabricando un padre

“Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da (Éxodo 20:12). Este es el único mandamiento que aparece en el decálogo divino con promesa aquí en la tierra.

En ocasión del próximo Día del Padre, traigo esta reflexión de un autor desconocido, dirigido a mis amigos que han tenido el privilegio de ser padres y se toman un momentito, lo cual agradezco, para leer estas minucias que de vez en cuando suelo publicar.

Aunque el Día de la Madre se celebra con un alto índice de festividad, sin embargo, el Día del Padre no deja de tener la mayor importancia, porque cuando honramos a ambos, como hijos, con una buena conducta y estilo de vida, estamos cumpliendo ese mandato divino, que nos favorece hasta el final de nuestra existencia.

“En el taller más extraño y sublime conocido, se reunieron los grandes arquitectos, los afamados carpinteros y los mejores obreros celestiales que debían fabricar al padre perfecto: “Debe ser fuerte”, comentó uno. “También, debe ser dulce”, comentó otro experto.

“Debe tener firmeza y mansedumbre: tiene que saber dar buenos consejos”. “Debe ser justo en momentos decisivos, alegre y comprensivo en los  momentos tiernos”.

“¿Cómo es posible, interrogó un obrero, poner tal cantidad de cosas en un solo cuerpo”?

“Es fácil”, contestó el ingeniero. “Sólo tenemos que crear un hombre con la fuerza del hierro y que tenga corazón de
caramelo”.

Todos rieron ante la ocurrencia y se escuchó una voz (era el Maestro, dueño del taller del cielo): “Veo que al fin comienzan, comentó sonriendo. No es fácil la tarea es cierto, pero no es imposible si ponen interés y amor en ello”.

Y tomando en sus manos un puñado de tierra, comenzó a darle forma.

“¿Tierra?, preguntó sorprendido uno de los arquitectos. ¡Pensé que lo fabricaríamos de mármol, o marfil o piedras preciosas!.

“Este material es necesario para que sea humilde, le contestó el Maestro. Y extendiendo su mano sacó de las estrellas oro y lo añadió a la masa. “Esto es para que en pruebas brille y se mantenga firme”.

Agregó a todo aquello, amor, sabiduría, le dio forma, le sopló de su aliento y cobró vida, pero… faltaba algo, pues en su pecho le quedaba un hueco.

“¿Y qué pondrás ahí?”, preguntó uno de los obreros.

Y abriendo su propio pecho, y ante los ojos asombrados de aquellos arquitectos, sacó su corazón, y le arrancó un pedazo, y lo puso en el centro de aquel hueco. Dos lágrimas salieron de sus ojos mientras volvía a su lugar su corazón ensangrentado. ¿Por qué has hecho tal cosa?”, le interrogó un ángel obrero.

Y aun sangrando, le contestó el Maestro: “Esto hará que me busque en momentos de angustia, que sea justo y recto, que perdone y corrija con paciencia, y sobre todo, que esté dispuesto aún al sacrificio por los suyos y que dirija a sus hijos con su ejemplo, porque al final de su largo trabajo, cuando haya terminado su tarea de padre allá en la tierra, regresará hasta mí. Y satisfecho  por su buena labor, yo le daré un lugar aquí en mi reino. Le extenderé mi mano, descansará en mi pecho y tendrá Vida Eterna.

Pues yo también soy Padre y por él, por su bien, para otorgarle vida, me arranqué del corazón un pedazo de amor y lo puse en su pecho. Para que a mí regrese, guiado por la sangre que derramé por él en una cruz, para darle perdón, para mostrarle que aunque es duro ser padre, cuando extiendes tus brazos y perdonas, la recompensa es vida, gozo y amor eterno.

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