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Fe y Vida: “Los testimonios arrastran”

Un cordial saludo a todos mis queridos lectores.

Siempre he escuchado decir que las palabras conmueven, pero los testimonios arrastran. De eso vivo yo convencido porque no es lo que yo diga, sino lo que yo haga, es decir cómo me comporto yo en mi diario vivir. Pudiera estar escribiéndoles aquí todo un día de la moralidad, de la familia, del matrimonio, pero si yo no vivo nada de lo que escribo de que me sirve. Sería como dice San Pablo en su Primera Carta a los Corintios, Capitulo 12: “No soy más que un metal que resuena, o un platillo discordante” Si hablo, soy yo el primero que debo vivir lo que digo y lo que escribo, no es hacer lo que decía aquel monje: “Ahora todos van a trabajar y luego todos vamos a comer”.
Hace unos días llego a mis manos una historia de una mujer que siendo esposa, y madre de tres hijos supo alcanzar la meta que ella se había propuesto, pero bueno, no quiero hablar de eso en este momento, eso lo vamos a dejar para una próxima oportunidad. Quiero contarles esta historia porque titule este escrito, “Los testimonios arrastran”, y dice así: “Soy madre de tres niños, de 14, 12 y 3 años, y acabo de terminar mi educación superior. La última asignatura que tuve fue sociología. La profesora estaba absolutamente llena de las cualidades que yo considero que todo ser humano debería tener. Su último proyecto se llamó “Sonríe”. Nos pidió a todos los estudiantes que saliéramos a sonreírle a tres personas y documentáramos sus reacciones. Yo soy una persona muy amable por naturaleza y siempre sonrío y saludo a todo el mundo, por lo tanto pensé que sería algo facilísimo. Nos acababan de asignar ese proyecto cuando mi esposo, y mis tres hijos fuimos a desayunar a McDonald’s, era una fría mañana de Enero. Esa era nuestra forma de compartir el tiempo en familia y con nuestros hijos. Estábamos en la fila esperando ser atendidos, cuando repentinamente todo el mundo a nuestro alrededor comenzó a hacerse a un lado, incluyendo a mi esposo y mis tres hijos. Yo no me moví, un pánico aterrador se apoderó de mí cuando me volví para ver por qué se habían retirado ellos. Al volverme olí el más horrible hedor de cuerpo humano a allí parados detrás de mí habían dos pobres vagabundos. Al mirar al señor más pequeño y cercano a mí, él estaba sonriendo. Sus preciosos ojos azules como el cielo, estaban llenos de luz de Dios y buscaban aceptación. El dijo: Buen día, mientras contaba unas monedas que había estado apretando en su mano. El segundo hombre jugaba con sus manos, parado detrás de su amigo. Me di cuenta que el segundo era retrasado mental y el señor de los ojos azules era su salvación. Contuve las lágrimas parada el lado de ellos. La cajera les pregunto qué deseaban. El respondió: solamente café, señorita, pues era todo lo que podían permitirse si querían sentarse en el restaurant para calentarse un poco, tenían que consumir algo, ellos sólo querían calentarse. En ese momento sentí realmente una compulsión tan grande, que casi abrazo al hombrecito de ojos azules y justo me di cuenta que todos los ojos del restaurante estaban fijos en mí, siguiendo y juzgando cada uno de mis movimientos. Sonreí y le pedí a la cajera que me diera dos desayunos más en una bandeja aparte. Me dirigí a la mesa más lejana que ellos habían escogido para sentarse. Coloqué la bandeja en la mesa y puse mi mano sobre la mano helada del caballero de los ojos azules. El me miró y con lágrimas en los ojos dijo: Gracias. Me incliné y acaricié su mano y le dije: Yo no he hecho esto por usted, Dios está aquí actuando a través de mí para darle a usted esperanza. Comencé a llorar mientras caminaba a sentarme con mi esposo y mis hijos. Cuando me senté, mi esposo me sonrió y me dijo: “Por eso Dios te entrego a mí cariño, para darme un ejemplo y darme esperanza”.
Nos cogimos de la mano los cuatro y en ese momento supe que, solamente por la gracia de Dios que nos ha sido dada, nosotros podemos dar. Ese día me fue mostrada la luz del dulce amor de Dios.
Volví a la universidad con esta historia y era el último día de clases. Entregué mi proyecto, y la profesora lo leyó. Me miró y preguntó ¿Puedo compartir esto? Asentí mientras toda la clase le prestaba atención. Cuando comenzó a leer fue cuando supe que como seres humanos y siendo parte de Dios, compartimos esta necesidad de sanar a la gente, de ser sanados y de dar testimonio. A mi manera había sido testimonio para la gente en McDonald’s para mi esposo, mis hijos, la profesora y cada uno que estuvo en el salón la última clase que tuve como estudiante. Me gradué con una de las lecciones más grandes que jamás olvidare: “Hay que ser testimonio y ejemplo para otros”.
Recuerda siempre: “Dios le da comida a todas las aves, pero no se la pone en sus nidos”.

Hasta la próxima y muchas bendiciones para todos.

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Comentarios

gracias muy motivacional y ala ves nos llena de de paz poder brindar y ayudar a los que lo nesesitan eso es vivir lo que se predica

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