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Fe y Vida: “Un adelanto del Cielo”

Un cordial saludo a todos mis queridos lectores.

Quiero hablarles hoy de una mujer que muchos de Ustedes, y no me equivoco si digo que muchísimos, tanto católicos, protestantes, judíos o aquellos que dicen llamarse ateos, la conocen o han escuchado hablar de ella, y me refiero a la Madre Teresa de Calcuta, mujer de Dios, que pasó haciendo el bien por esta vida, y la cual ha sido reconocida por casi todo los países del mundo, y en muchos de ellos hasta le han erigido monumentos y le han montado placas conmemorativas al bien efectuado por la humanidad.

La Madre Teresa que nació el 26 de agosto de 1910 y murió el 5 de septiembre de 1997. Una mujer de pequeña estatura, pero de un corazón muy grande y generoso.

Tuve la dicha de conocerle en Roma en octubre del año 1984. Me recuerdo como el día de hoy.  El Papa Juan Pablo II, dicho sea de paso un gran hombre, le acompañaba y al llegar junto a nosotros, que éramos un grupo de ocho personas, nos dijo: “No la aprieten mucho porque ella es muy frágil”.

Una mujer que durante más de 45 años se dedicó a la atención de los pobres, enfermos, huérfanos y moribundos.

Les he querido hacer este preámbulo porque hace algunos días llegó a mis manos un escrito, y más que un escrito es una realidad o una experiencia de un grupo de estudiantes universitarios que fueron a Nairobi, Kenya, situado en el África, y allí, junto a una comunidad fundada por la Madre Teresa, vivieron esta experiencia que titularon “Un adelanto del Cielo”.

He querido compartirla con Ustedes mis queridos lectores, pues creo que las cosas que nos hacen pensar y nos edifican no son solo para que las conservemos nosotros, sino para que las compartamos con los demás, y dice así:

“Ocurrió durante un mes de voluntariado en las vacaciones de verano. Cuando llegamos a Nairobi, Kenya, nos preguntábamos cómo nosotros, chicas y chicos inexpertos universitarios, podríamos ayudar en aquella África sucia, polvorienta y calurosa. Quizás arreglando tejados, pero no teníamos experiencia en construcción. Ayudando en un hospital, pero no éramos enfermeras ni médicos. Quizás pintando un colegio, pero no sabíamos de pintura. Lo que sí teníamos claro era nuestra intención de darnos totalmente a los demás. Sin embargo, recibiríamos mucho más de lo que logramos dar. Tuvimos la suerte de entrar en contacto con el Tercer Mundo, a través de un alojamiento para niños moribundos de las Hermanas de la Caridad de Nairobi, Kenya.

“Todos entramos en aquella casucha, un tugurio sin muebles, con poca luz. Contrastaban las hamacas llenas de niños enfermos y lloriqueando con los limpísimos trajes talares blancos y azules de las Hermanas de la Caridad, que rebosaban alegría. Yo me quedé bloqueada, en mitad de la habitación. Nunca había visto nada así. Mis compañeros universitarios se esparcieron por las estancias, siguiendo a distintas monjas, que requerían su asistencia. Una hermana me preguntó en inglés: ¿Has venido a mirar o quieres ayudar? Sorprendida por tan directa pregunta y en estado de sopor, balbuceé: A ayudar…Me dijo entonces, ¿ves a ese niño de allí, el del fondo que llora? Lloraba desconsoladamente, pero sin fuerza. Si, ése, le dije señalándolo. Bien: tómalo con cuidado y tráelo. Lo bautizamos ayer. Lo noté con una fiebre altísima. El niño tendría un par de años. Ahora tómalo y dale todo el amor que puedas, me dijo. No entiendo…me excusé. Que le des todo el cariño de que seas capaz, a tu manera. Y me dejo con el niño. Le canté, lo besé, lo arrullé…dejó de llorar, me sonrió, y se durmió. Al cabo de un rato, busqué a la hermana y le dije: Hermana, no respira. La monja certificó su muerte: Ha muerto en tus brazos…Y tú le has adelantado quince minutos con tu cariño al amor que Dios le va a dar por toda la eternidad. Entonces entendí tantas cosas: el cielo, el amor de mis padres, el amor de Jesús, los detalles de afecto de mis amigas y amigos…Mi viaje a Kenya supuso un antes y un después en mi vida. Ahora sé que todos tenemos Kenyas a nuestro alrededor para dar amor cada día”

Benjamín Franklin, que fue uno de los padres fundadores de los Estados Unidos de América, y además de eso un gran inventor y político dijo una frase muy bella y los dejo con ella para que mediten un poquito sobre la misma. Dice así: “La felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces en nuestra vida, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días”.

Todos podemos dar un poquito de cariño y de amor, y así estaremos dando un “adelanto del cielo”.

Termino con este pedazo del Salmo 73, Versículo 25, que dice: ¿A quién tengo yo en el cielo sino a ti? Y no hay nada que yo desee sobre la tierra fuera de ti.

Hasta la próxima y muchas bendiciones para todos.

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