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Ficción e historia en La fiesta del Chivo (II)

Ficción e historia en La fiesta del Chivo (II)
Bernardo Vega

Continuamos con los casos en que la novela de Vargas Llosa se desvió de la realidad histórica.

Las sanciones económicas de la OEA de 1960-1961 fueron simbólicas y no afectaron la economía, que sí sufrió por la fuga de capitales de la familia Trujillo y por las importaciones masivas de armas y equipo bélico.

Dos pandilleros cubanos pagados por Trujillo fueron condenados por las cortes mexicanas por el asesinato de Almoina. Ningún exilado dominicano fue asesinado en Caracas.  (Páginas 86-87)

No se conoce que Miguel Angel Baez Díaz hubiese estado vinculado a atrocidades durante el régimen.  (Página 30)

Dearborn, el cónsul norteamericano, nunca conoció ni a Modesto ni a Juan Tomás Díaz, ni a ningún miembro del grupo de acción o el grupo político, pero sí se comunicaba con algunos de ellos a través de intermediarios.

La resistencia de Antonio de la Maza contra Trujillo en 1930 duró pocos meses, no tres años.  (Páginas 105-106)

El padre de Ramfis fue Trujillo, aunque en aquella época María Martínez también ofrecía sus favores a otros, entre ellos al Dr. Dominici, quien luego de subir Trujillo al poder se fue del país.  El dictador no ordenó la muerte de un amante cubano de la Martínez.  (Página 129)

No es cierto que Monseñor Zanini hubiese hablado con Salvador Estrella Sadhalá, o con otros miembros del complot del 30 de mayo.  (Páginas 42 y 243)

El General Arturo Espaillat (“Navajita”), Oficial de Inteligencia de Trujillo, no trabajaba para la CIA.  (Página 78)

Galíndez colaboraba con el FBI, no con la CIA.  (Página 112)

Manuel de Moya Alonso salió del país a principios de mayo de 1961, por agudos problemas de salud y no regresó sino seis años después.

Trujillo nunca autorizó al FBI a investigar, en Santo Domingo, la muerte de Murphy.  (Página 119)

Antonio Imbert nunca envió un telegrama a Trujillo prometiendo “quemar a Puerto Plata”.  (Página 172)  Su fallido complot para matar a Trujillo usando dinamita fue organizado en diciembre de 1959 y no en los años 1957 y 1958.  (Página 174)

Trujillo nunca devolvió a Cuba a Delio Gómez Ochoa y a Pablito Mirabal, sobrevivientes de las expediciones de julio de 1959. Se fueron a Cuba después de su muerte.  (Página 178)

Cuando las Mirabal fueron asesinadas, asunto que fue descrito por la prensa dominicana como un “lamentable accidente”, los grupos de Imbert y de De la Maza todavía no se habían juntado ni unido, pues eso ocurrió dos meses después.  (Página 181)

La CIA no tuvo que ver con la muerte de Ramfis en Madrid, y este nunca estuvo internado en un hospital psiquiátrico, aunque sí consultó con mucha frecuencia a psiquiatras.  (Página 142)

No se estableció un requisito de presentar certificados de defunción por parte de las autoridades haitianas para lograr el segundo pago de la indemnización por la matanza de 1937, fondos que tampoco provinieron del bolsillo de Trujillo.  Este, a través del soborno, sí logró reducir el monto de ese segundo y último pago.  (Página 223)

Balaguer fue co-autor del Manifiesto del 23 de febrero de 1930.  (Página 290)

No es cierto que Trujillo no se reeligiera en 1938 debido a presiones internacionales.  Quería viajar al extranjero, pues nunca había salido de la isla y tenía una amante dominicana en Miami.  (Página 293)

El Dr. Lithgow Ceara nunca le dijo a Trujillo que tenía cáncer.  Fue asesinado por otro comentario suyo.  Ningún médico le diagnosticó cáncer al dictador.  (Página 302).

El senador Smathers no visitó a Trujillo en febrero de 1960 por sugerencia de Eisenhower y no fue amigo de Roosevelt, sino de Kennedy.

La noche del 30 de mayo ningún Embajador, como tampoco el Nuncio, fueron al Palacio Nacional.  Esa noche tampoco Balaguer habló con funcionario alguno de la misión diplomática norteamericana.  (Páginas 447-448).

El Cuerpo Diplomático no trató de acercarse a los héroes del 30 de mayo después de la muerte de Trujillo.  En un caso, un diplomático norteamericano rehusó ayudar a Huáscar Tejeda, con quien pasó varias horas.  (Páginas 477-478)

Es improbable que Pedro Livio Cedeño, aún bajo tortura, hubiese dado tanta información sobre el complot, como aparece en la novela.

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