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Ficción e historia en La fiesta del Chivo

Ficción e historia en La fiesta del Chivo
Bernardo Vega

I

La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa, con sus límites imprecisos entre historia y ficción, ha despertado en muchos de sus lectores dominicanos el interés por precisar cuáles hechos y personajes de la novela coinciden con la verdad histórica y cuáles son fruto de la imaginación del renombrado escritor.

Antes que nada es necesario aclarar que un novelista no tiene por qué ser fiel a la Historia, aún cuando su obra esté basada en un hecho real. León Tolstoi, ante las críticas por su monumental La guerra y la paz dijo que la misma “no es una novela, menos aún es un poema, y menos todavía una obra de historia.  La guerra y la paz es lo que el autor deseaba y era capaz de expresar en la forma en que lo ha expresado”. Pocos dominicanos se han preocupado en averiguar hasta dónde el Enriquillo de Galván refleja la verdad histórica.

La narrativa latinoamericana contemporánea no ha podido cortar su fascinación por una realidad que a golpe de horrores y desmesuras luce inverosímil. Se reporta que Gabriel García Márquez le dijo a Carlos Fuentes: “hemos fracasado. La realidad es mejor novelista que nosotros; debemos arrojar nuestros libros al mar”.  En otra ocasión, García Márquez dijo que el problema del escritor latinoamericano no es la invención, sino “hacer creíble su realidad”.  En La fiesta del Chivo hay tanto apego a la realidad histórica, que a veces luce como una crónica.

La obra de Vargas Llosa sigue muy de cerca esa realidad histórica, tal vez porque los acontecimientos de 1961 en Santo Domingo fueron tan extraordinarios que no requieren del ingrediente de la ficción para su estructuración como novela.

Por otro lado, ha surgido la auténtica queja de que los héroes del 30 de mayo son maltratados por Vargas Llosa. Aquí vale citar otra vez la respuesta que dio León Tolstoi cuando se le criticó por maltratar a los personajes históricos en su novela: “para el historiador, que considera el papel de un personaje histórico en la realización de un fin único, hay héroes. Para el artista, que considera las reacciones de un personaje en todas las condiciones de la vida, no puede ni debe haber héroes, si no sólo hombres”.  Sin embargo, en su novela Vargas Llosa atribuye, innecesariamente, actuaciones negativas y falsas a tres de ellos.

Una lista de las principales desviaciones de la realidad histórica que aparecen en la novela, revela que no son pocos los momentos en los que el novelista ejerce su soberanía, aproximadamente 66, aunque la mayoría representa detalles de poca relevancia.  Las grandes desviaciones incluyen:

  1. No se conoce con certeza sobre el caso de un alto funcionario del gobierno de Trujillo que haya aceptado entregar su hija al dictador para salir de su desgracia política y menos días antes de su ajusticiamiento.  Por el contrario, sí se sabe de algunos campesinos, militares y gente humilde que ofrecieron a sus hijas, o aceptaron que se las llevaran al dictador. Urania es, pues, una ficción.  En este caso se le achaca a Trujillo y a sus funcionarios una maldad que no cometió.
  2. El hermano de Luisa Gil, la novia del Teniente Amado García Guerrero, fue Héctor René Gil Ramírez, quien trató de asilarse en la embajada de Nicaragua en julio de 1960 y fue asesinado en ese intento.  Consecuentemente, no pudo haberlo matado, sin saberlo, el héroe García Guerrero, quien sí admitió, y eso está documentado en por lo menos dos libros, que en 1959 fue obligado a participar en los fusilamientos de los expedicionarios del “14 de Junio”, jurando, en ese momento, que su próxima bala estaría dirigida hacia el propio dictador. Juan Bosch, en su libro Crisis de la democracia (1964) explica cómo una fuente irrefutable le informó que, estando ya en el complot, García Guerrero fue llamado a “La Cuarenta”, por el Jefe del SIM y allí se le ordenó matar a un prisionero. No titubeó en hacerlo, pues pensaba que se sospechaba de él y lo ponían a prueba.
  3. Lorenzo Berry no era “el hombre de la CIA” en Santo Domingo, en 1961.  Lo eran Henry Dearborn, Robert (alias Hubert Didier) Owen y Charles Cookson.  El tal Jack Bennett nunca existió.

CONTINUARÁ

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