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Gallup y la venta de sueños

Gallup y la venta de sueños
Víctor Bautista

Si asumimos que están libres de adulteración los datos de la última encuesta Gallup-Hoy  (yo creo que sí, diferente a connotados analistas que antes la aplaudieron y hoy la ponen en tela de juicio) sus hallazgos deben dar pie a una revisión de la eficiencia comunicacional de los candidatos.

La variación de las tendencias podría estar influida por la capacidad de conexión de los emisores con los aspectos que los receptores aceptan como válidos, porque guardan relación con sus prioridades. Una campaña política es una venta de sueños y de esperanzas. El éxito en esta materia conduce al poder.

El buen candidato se aposenta en la psique de la gente. Invade el hipotálamo, el área del cerebro que regula los estados de ánimo. Lo hace contando historias, formando escenarios que son la mimesis de la vivencia cotidiana de la gente. Crea un espejo para que el elector vea su propio rostro.

En ocasiones, también realiza su conquista creando miedo y, como secuela, una suerte de estado de indefensión que hace al votante anhelar a un redentor que le resguarde, le libre de todo mal (amén), pues en el fondo todos queremos más un paraíso que una guerra civil.

El trabajo de campo de la última Gallup-Hoy se levanta en medio de un intercambio de misiles entre políticos, unas obras teatrales con muy malos actores, que al parecer no encantan ni generan credibilidad cuando abordan la corrupción. No es que la gente sea indiferente al fenómeno. Es que falta comunicarlo bien, con respaldo moral ¿Por eso la gente lo ve como simple recurso de campaña y sospecha que, como siempre, no habrá consecuencias y se olvidará una vez pase la coyuntura electoral? Si es así, es hora construir relatos que vibren al son del interés genuino del público, que no siempre se deja seducir por el pan y el circo. Es la comunicación, estúpido.

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