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Ganó papá, ay papá

Ganó papá, ay papá
Rosario Espinal

La mayoría de los votantes en la convención perredeísta abandonaron a Miguel Vargas Maldonado por Hipólito Mejía. Unas lecturas de los resultados enfatizarán las habilidades políticas de Mejía; otras las faltas de Vargas.

Sin duda, Hipólito Mejía tiene un estilo personal que empata mejor con un amplio segmento de la población dominicana: es populachero. Pero ese carisma se puso a prueba durante su gobierno y quedó devaluado por el resultado negativo de su gestión. Por eso es difícil argumentar que el triunfo se ha debido fundamentalmente a sus fortalezas.

En mi opinión, el resultado se debe, sobre todo, a las debilidades y los errores políticos de Miguel Vargas.

Bajo su dirección, el llamado “nuevo PRD” encarnó oficialmente un proyecto corporativo-conservador sin vínculo con el populismo y el liberalismo que históricamente sirvieron de sustento al PRD como partido de masas.

Embarcado en ese proyecto para forjar un PRD no combativo, afín a los sectores conservadores que apoyan a Leonel Fernández, Vargas apagó la mecha de inspiración perredeísta. Recibió un alto porcentaje de apoyo para la candidatura en el 2008, y luego para la presidencia del partido en el 2009, pero esos números reflejaban más la falta de opciones que un real apoyo a su liderazgo.

Abatidos por la derrota electoral de 2004, y luego rehenes del opaco liderazgo de Vargas, los perredeístas perdieron la mística política, e incluso la ilusión de retornar al poder. Perdieron las elecciones de 2006 y 2008.

Luego vino el desatino político de Vargas de ser ungido por Leonel Fernández, quien necesitaba desesperadamente la validación de su reforma constitucional.

Al ser escogido por Fernández como líder del PRD para negociar el pacto constitucional, Vargas infló su poder y fue rápidamente electo presidente del partido con aparatosidad visual y sin oposición en el 2009.

El supuesto de esa estrategia era que al coronarse presidente del PRD, Vargas no tendría la sombra de Hipólito Mejía ni otros dirigentes históricos, y podría dominar la estructura partidaria sin mayores dificultades. Bajo esa lógica, también impidieron el acceso de Guido Gómez Mazara a la Secretaría General.

El pacto constitucional Miguel-Leonel simbolizó la imbecilidad de esa estrategia política. En vez de utilizar la reforma constitucional para avanzar un proyecto democrático que sintonizara con el legado socialdemócrata de José F. Peña Gómez, Miguel Vargas reafirmó su proyecto corporativo-conservador. Bajó línea para que sus legisladores votaran a favor del Artículo 30, y disfrazados de defensores de la vida, casi todos los legisladores perredeísta votaron como borregos a favor de ese infame artículo.

Pero además, y sobre todo negativo para Vargas, el pacto incluyó la eliminación del nunca jamás de la reelección, motivo principal por el cual Fernández había promovido la reforma constitucional. Así, Vargas se clavó un doble cuchillo: validó la futura repostulación de sus dos principales contrincantes, Fernández y Mejía.

Bajo el mandato de Vargas como presidente del partido, el PRD perdió también las elecciones de 2010. Obtuvieron muchos votos pero no lograron una senaduría; el PRD no hizo casi oposición al gobierno. El objetivo central del equipo de Vargas era portarse bien para volver al poder con el apoyo de los sectores conservadores que sostienen a Fernández.

El triunfo de Hipólito Mejía en la convención muestra la necesidad perredeísta de fogosidad política. Con su retorno al frente del PRD, la política dominicana vuelve a la polarización, no ideológica ni programática, sino de estilo. Ahora el PLD tendrá un real contrincante.

Para el 2012 queda por verse si en la población general prevalecerá el mal recuerdo del gobierno de Mejía, o la nueva ilusión clientelista que invoca el “llegó papá”.

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