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Había que tumbarlos (II)

Había que tumbarlos (II)
Matías Bosch

Matías Bosch Carcuro y Pablo Sepúlveda Allende 

Haití, República Dominicana, Granada, El Salvador, Guatemala, Honduras, Panamá, Venezuela, Brasil, Perú, Bolivia, Paraguay, Uruguay, Chile, Argentina…casi toda América Latina ha sufrido golpes de Estado, contando solo los ejecutados desde 1948 al presente.

Eran gobiernos que había que tumbar porque -parcial o totalmente- constituían proyectos populares, de mayorías movilizadas y conscientes, “dueñas de su propio destino”, que resultaban una verdadera amenaza para el status quo de las llamadas “democracias representativas” vaciadas y viciadas.

La democracia meramente representativa termina siendo extremadamente vulnerable. Las verdaderas decisiones sobre los asuntos centrales que determinan el devenir histórico son tomadas por las élites económicas, las élites partidistas y los poderes fácticos internos y externos, incluyendo los grandes grupos mediáticos y la banca internacional. Para ello, además, se hacen asistir de “expertos en políticas” con grandes diplomas y pagados en millones.

El poder político, primero expropiado a la gente y luego concentrado por quienes hablan en nombre de “la soberanía popular”, termina por someterse a poderes que nadie elige pero deciden. Los gobiernos y partidos dóciles simplemente obedecen y nunca deben temer, salvo que por la corrupción que amparan afecten negocios sucios de otros.

Cuando no sucede así, cuando los actores políticos y nuestros representantes se mantienen leales al mandato por el cual fueron electos, es decir, gobernar con, por y para las mayorías, invariablemente son asediados y atacados para ser derrocados.

Juan Bosch y Salvador Allende fueron derrocados por eso. Por intentar construir democracias verdaderas. Por su inalterable convicción de superar la plutocracia (el poder del dinero). Por defender la soberanía y dignidad nacional. Por su voluntad insobornable e insumisa de ampliar los derechos sociales y económicos mediante el ejercicio pleno de las libertades políticas.  Y por no ver al pueblo como medio ni instrumento, sino como protagonista.

La instauración de estos derechos y libertades invariablemente toca intereses de sectores que no están dispuestos a ceder sus enormes privilegios. Por eso, todo proceso social que busque la verdadera justicia social será atacado con toda la fuerza de la que disponen las élites locales y mundiales. Así lo denunció Salvador Allende ante la ONU en 1972:

“Desde el momento mismo en que triunfamos electoralmente el 4 de septiembre de 1970, estamos afectados por el desarrollo de presiones externas de gran envergadura, que pretendió impedir la instalación de un gobierno libremente elegido por el pueblo, y derrocarlo desde entonces. Que ha querido aislarnos del mundo, estrangular la economía y paralizar el comercio del principal producto de exportación: el cobre. Y privarnos del acceso a las fuentes de financiamiento internacional.

Estamos conscientes de que cuando denunciamos el bloqueo financiero-económico que nos agrede, tal situación aparece difícil de ser comprendida (…) Porque no se trata de una agresión abierta (…) Por el contrario, es un ataque siempre oblicuo, subterráneo, pero no por eso menos lesivo para Chile.

Nos encontramos frente a fuerzas que operan en la penumbra, sin bandera, con armas poderosas, apostadas en los más variados lugares de influencia.”

Hoy América Latina está en plena disputa. Desde los inicios de este siglo el avance popular le ha hecho frente al capitalismo neoliberal. Explosiones sociales tomaron forma y enrumbaron la situación hacia nuevos gobiernos y programas populares. Las fuerzas reaccionarias no se han demorado en responder y han logrado derrocar algunos, o impedir su continuidad mediante el “lawfare” y el “asesinato de la imagen”. Otros han sabido defenderse mejor no subestimando estas fuerzas y -tomando las lecciones que la historia nos deja- han sabido prepararse mejor para estos momentos.  (Continuará)

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