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Haití o el panorama político electoral

¿Por qué algunos sectores insisten en mantener vivo y en la palestra, el mito de una trama internacional para fusionar la isla? La respuesta podría encontrarse en muchos elementos de nuestra cultura y de nuestra historia. Sin embargo, en la coyuntura política actual parece haber más vestigios de los que muchos piensan.

Con la Constitución de 2010, Leonel Fernández instalaba una hegemonía política que prometía durar mucho tiempo. En este proceso, sacó de la manga un acuerdo con Miguel Vargas Maldonado que le permitió rehabilitar a Hipólito Mejía y, por tanto, reavivar tensiones que terminarían en la división de la oposición perredeísta. Así, con el entramado institucional a sus pies (las “Altas cortes” fueron seleccionadas en un proceso dirigido personalmente por él), Leonel Fernández parecía tener el escenario perfecto para regresar al poder con una oposición dividida y un presidente de su propio partido con una limitación constitucional para repostularse.

La falta de oposición partidaria permitió que se generara un nuevo tejido social. Una franja liberal, heredera de algunos sectores cercanos al perredeísmo y al propio peledeísmo, empezó a hacer presencia a través de organizaciones sociales y movimientos juveniles. Fueron estos actores algunas veces organizados, otras desarticulados, quienes asumieron el protagonismo en las demandas al gobierno. De ahí surge, entre otras, una de las movilizaciones sociales más interesantes de la historia reciente: la lucha por el 4% para la educación. Un proceso al que Leonel Fernández no supo hacer frente con las herramientas pertinentes y con el que terminó por sellar una enemistad, a todas luces irreconciliable, con sectores que le fueron cercanos.

El gobierno de Danilo Medina inicia y la necesidad de diferenciarse de su predecesor le lleva a mostrar apertura para estos nuevos sectores sociales. Así termina por cumplir con la demanda de ejecutar el 4% legal en el presupuesto educativo. A lo largo de los últimos dos años, el gobierno de Medina, con altas y bajas, ha mostrado receptividad y sensibilidad ante temas que no parecían estar en su agenda. Y, aún con el recelo de algunos sectores, mantiene una popularidad superior al 70% de la población votante en la mayoría de los estudios.

Ante esta realidad, un Leonel Fernández en su peor momento político necesita maniobrar. Su imagen pública se ve afectada por los excesos de su entorno en las pasadas administraciones. Tras las protestas en 2012 por la reforma fiscal, que tuvieron su figura como centro, el rechazo generado se ve en todas las encuestas sin indicios de ceder. Esta situación le ha hecho perder su base política: la heredada “masa silente” de la que hablaba Balaguer, la cual han querido interpelar desde la crispación. La reactivación del tema haitiano, que aglutinó alrededor de Fernández al polo conservador para derrotar a José Francisco Peña Gómez en 1996, es la carta que sacan de la manga ahora que el ex presidente ha perdido su encanto.

Pero, ¿qué hay detrás de tanto odio y sinrazón? ¿Qué hay detrás de tanta declaración apocalíptica y tanta ignorancia pasional? ¿Qué hay tras las arengas incendiarias que piden muerte a los traidores? ¿Qué, detrás de las acciones institucionales para reinstalar, desde hace más de un año, el siempre vigente tema haitiano? La respuesta parece ser el resultado de la aprobación de la gestión de Danilo Medina. La apelación a la pasión nacionalista es el esfuerzo de una forma decadente de hacer política por mantenerse a flote.

La lectura del entorno de Leonel parece considerar que el único modo de rehabilitarlo políticamente es acudiendo al miedo y al odio. Este análisis explica la Sentencia 168 como hecho político y todo lo que ha seguido a la misma. También la coordinación tanto de un frente institucional compuesto por la Junta Central Electoral y el Tribunal Constitucional. Y de un eje político-mediático liderado por el clan Castillo, al frente de la oposición al gobierno de Danilo Medina desde dentro.

El gran problema de fondo de esta estrategia política es que, además de partir de subestimar la inteligencia de los dominicanos, puede terminar en tragedia. Y es que al parecer, triunfe o no en 2016, estamos ante el ocaso del líder peledeísta. Su entorno, desesperado, no mide las consecuencias de ese discurso, que pueden ir más allá de las ya graves amenazas de muerte contra periodistas. Leonel Fernández, en silencio cómplice e irresponsable, se desentiende del curso de los hechos y permite que avance el discurso de odio que, a juzgar por los números, tampoco da resultados. 

El autor es escritor y consultor en Estrategia y Comunicación. Socio gerente en @NazarioComunik.

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