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Andrés L. Mateo

Cuando reflexiono sobre la idea del Estado que tienen nuestros “líderes” y gobernantes, me retuerzo en lucha despiadada contra la metafísica de la certeza. Sobre el Estado dominicano se han encaramado todos los demagogos y charlatanes de nuestra larga historia de padecimientos. El objetivo ha sido siempre saquearlo, convertirlo en fuente de poder personal, en creador de riquezas aprovechables que actúan como cemento invisible del “líder”, en fuente de acumulación originaria de capital. No es difícil comprender la desastrosa historia  de los orígenes de las inesperadas miserias que nos desgarran, el recelo y la dificultad de construir instituciones, las andrajosas posturas de quienes nos han gobernado. El Estado son ellos, ellos son alter ego del Estado. Encarnan su representación ignominiosa. De Santana a Báez, de Báez a Lilís, de Lilís a los Eladio Victoria, de los Eladio Victoria a Mon Cáceres, de Mon Cáceres a Trujillo, de Trujillo a Balaguer, de Balaguer a Leonel Fernández, de Leonel Fernández a Hipólito Mejía, de Hipólito Mejía a Danilo Medina; una historia circular que da asco, que ha prostituido cualquier proyecto de pacto social, propiciando regímenes sustentados en el personalismo y ausente de instituciones que se sitúen por encima de un liderazgo manido, corrupto y corruptor.

Si fuéramos un país letrado, si las angustias por la reproducción de la vida material no llevaran a la ciega sumisión y al despojo de la voluntad del pueblo (la plebe alejada del poder), si sus “intelectuales” no hubieran renunciado a ser la conciencia crítica de su pueblo (la plebe alejada del poder), si la moral de algunos “seguidores” de Juan Bosch no se hubiera viciado por la docilidad ante el poder, si todos nuestros inexpresados conflictos de pronto se grabaran en las mentes de los más humildes, y se hiciera la luz respecto de la felicidad ciudadana que se roban los políticos dominicanos que asaltan el Estado; de seguro que el pueblo (la plebe alejada del poder) los echaría a patadas, de seguro que dejaríamos de ser una sociedad balbuciente y un pueblo enmarañado, y desplegaríamos una gran avidez por dejar de ser lo que somos. Aristóteles advertía sobre el hecho de que la historia no era más que un discurso sobre las acciones.  Y lo afirmaba privilegiando las acciones que fluían del relato del historiador. Fue eso, sin ninguna duda, lo que obligó a la especificidad que adoptaría el discurso historiográfico, obligado a darle una explicación de causa y efecto a lo representado en la historia. Lo que nos debería importar de la historia es la interpretación del devenir tal y como se manifestó en el pasado, y como proyecto de sentido este interés termina transformándose en el movimiento mismo de la historia. Por eso la historia tiene un imperativo de veracidad que proclama en su morfología. La historiografía existe porque hay una pasión por el pasado, y porque se supone que el historiador construye una malla sublime que devela lo silenciado, que se singulariza en el relato del historiador como un hallazgo.

Cualquier inventario histórico sobre la concepción del Estado de casi todos los líderes que han tomado el poder en la historia republicana nos dejaría petrificados. La historia es una pluralidad de prácticas concretas, pero el inmovilismo fundamental respecto de qué es el estado en la práctica del liderazgo, no ha pasado del siglo XIX. En lo que respecta a la idea instrumental de que el estado es propiedad del gobernante de turno, no rebasamos ni siquiera la postrimería del siglo XIX que tuvo el auge de un liberalismo teórico impulsado por la hegemonía del positivismo francés. Y el mejor ejemplo es Danilo Medina, un presidente que gobierna en pleno siglo veintiuno con una mentalidad del siglo XIX.  Siempre me cuido de no arrojarme sobre la metafísica de la certeza, pero Danilo Medina es la mediocridad en el poder que derriba todo optimismo histórico. Porque él no tiene capacidad de entender- como dice Bernard-Henri Lévi- que “el Estado es irreversible, y que el individuo no existe sin el Estado. Por lo tanto no necesita alter ego,  y no puede ser sustituido”. Es por eso que, al final, todos los dictadores terminan postrados.

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