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José Mármol critica la corrupción y la inversión de valores

José Mármol.

José Mármol.

SANTO DOMINGO, República Dominicana.- El poeta José Mármol afirmó que entre sus objetivos al escribir figura “combatir el hecho bochornoso de la inversión de la jerarquía de valores y el engaño de quienes habrían de tener el deber de dirigir las naciones para beneficio de sus conciudadanos, haciéndolo, en cambio, para su particular y vergonzoso beneficio”.

El escritor se refirió a ese y otros importantes temas sociales al pronunciar el discurso de agradecimiento en la entrega formal del Premio Nacional de Literatura 2013, en la Sala Carlos Piantini del Teatro Nacional Eduardo Brito, en un emotivo acto que contó con la presencia de cientos de amigos, intelectuales y amantes de la poesía y la cultura.

A continuación y debido al significado de sus palabras, el texto íntegro del discurso:

Quisiera, en primer lugar, agradecer a la Fundación Corripio, al Ministerio de Cultura y a los honorables rectores de las prestigiosas altas casas de estudio, a saber, Universidad Central del Este (UCE), Universidad Católica de Santo Domingo (UCSD), Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC), Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) y Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (UNPHU), que convertidas en jurado han hecho posible que esta noche pueda dirigirme a ustedes en este escenario, al conferirme el inmenso honor de pasar a formar parte del conjunto de señeras figuras de las letras de nuestro país, que integran el prestigioso Premio Nacional de Literatura. Gracias al doctor Jorge Tena Reyes por sus generosas palabras. Mi agradecimiento al cantautor y amigo José Antonio Rodríguez, Ministro de Cultura, por las palabras que acaba de pronunciar. Gracias a mi amigo, a mi hermano de la vida, Plinio Chahín, por sus enjundiosos juicios críticos y por su siempre solidaria e invaluable compañía. Mi gratitud también a todas las personas e instituciones que manifestaron su regocijo con esta premiación en mi favor a través de llamadas telefónicas o cartas, y, por supuesto, a través de las redes sociales como Facebook y Twitter, además de incontables correos electrónicos. Gracias a quienes todavía me abrazan en las calles.

Esta es una distinción trascendente, que recibo con gratitud y humildad, en mi nombre y de mi modesta trayectoria literaria, en el de toda mi familia, especialmente, mi esposa Soraya y nuestros hijos Yasser y Alberto, y en nombre, si me lo permiten, de destacados representantes de la literatura dominicana contemporánea agrupados, de manera soberana e individual, como tiene que ser, en las generaciones literarias, intelectuales y artísticas con las que he cohabitado, cuyas inquietudes estéticas y conceptuales acompañaron a las ideas literarias y humanísticas que cerraron el siglo XX y vieron nacer el presente siglo XXI.

Con la exaltación de mis escritos, que considero todavía en ciernes, pues, soy de la poesía y el ensayo un incurable aprendiz, el Premio Nacional de Literatura ha dado una todavía más clara señal de pluralidad y de una marcada vocación de apertura hacia la valoración de la literatura producida por generaciones relativamente recientes en el ámbito de nuestra cultura y nuestra lengua.

Se ha producido el hecho de anunciar el premio otorgado a unanimidad, justo el día de la conmemoración del bicentenario del natalicio de Juan Pablo Duarte, padre de nuestra libertad, inspirador y activista de los más puros y avanzados sentimientos e ideales patrióticos que fundaron la esencia de la auténtica dominicanidad. Ese es un privilegio aún mayor.

No será esta, precisamente, una ocasión para la argumentación teórica ni para la reflexión estética, retórica o preceptiva acerca de la génesis del poema, del aforismo, del ensayo, y la articulación de estos con el pensamiento y el lenguaje, su auténtico ADN. Sin embargo, quisiera compartir con ustedes, brevemente, unas simples ideas. A través de los años he reflexionado acerca de por qué escribir y por qué pensar en tiempos tan aciagos y en el crisol de una sociedad que, tirado su carruaje por las fieras y demonios del individualismo, la insolidaridad, el consumismo rapaz y la desesperanza, se regodea en su progreso y modernidad fatuos, en sus solitarias muchedumbres, en su desgarrador vacío existencial y en una ingenua concepción de la historia como curva evolutiva hacia un estadio superior, aunque la cotidianidad esté tejida de desastres. ¿Para qué la poesía en tiempos de penurias, se preguntaba el gran poeta y pensador alemán Friedrich Hölderlin?

El filósofo Martin Heidegger intentó desentrañar ese misterio esencial a la poesía de aquel poeta coterráneo suyo. También yo, desde mi humilde trinchera de ideas, me lo he preguntado siempre, sin que halle todavía, y para mi dicha, alguna respuesta.

Hemos perdido el frágil hálito de esperanza en un mundo mejor, instinto al que Ortega y Gasset llamó, en su momento, sentido de futurición. Porque el aquí y el ahora han sido reducidos a cosas, y por demás, cosas superfluas, banales, perentorias, estúpidas. Porque la racionalidad tecnológica radical nos somete al brillo de un instante, a la vertiginosidad de lo virtual, a la reificación del artefacto y su versatilidad digital, a la plasticidad de su imagen tridimensional y el imperio del dato en detrimento de la imaginación y del ser humano que, a pesar de ello y del progreso de la ciencia, se maravilla como un niño con el simple, hermoso y natural acontecimiento de una luna llena sobre el horizonte del mar. Porque ser o no ser se reduce, en estos tiempos de terror, a tener o no tener, a llegar o no llegar a una meta cuyo impulso radica en la posesión de enseres ilusorios antes que en la plenitud del pensamiento y de la vida misma, como maravillas de la existencia humana.

Fue, y lo comparto, Zygmunt Bauman quien, al definir, con profundo conocimiento y belleza expresiva, la sociedad que llama líquida y consumista de la posmodernidad, y el individuo fluido, light, sin contornos y efímero que la habita, resaltó la incertidumbre y la precariedad como sus rasgos esenciales. La incertidumbre es al ser humano de hoy, lo que la página en blanco es al poeta; es decir, un desafío al pensamiento y la imaginación; un desafío existencial. Pero, la precariedad es una lacra del egocentrismo, de la falta de solidaridad entre los seres humanos. No hay razón para tanta pobreza en un planeta dichosamente rico, aunque, por desgracia, miserablemente explotado.

Por estas y otras tantas razones escribo.  Escribo para, a través del misterio de la palabra y el pensamiento, subvertir en el lenguaje y la imaginación el régimen opresor de la realidad establecida, la orgía de sangre y oro de los poderes fácticos, la aberración humana de las guerras; para combatir el hecho bochornoso de la inversión de la jerarquía de valores  y el engaño de quienes habrían de tener el deber de dirigir las naciones para beneficio de sus conciudadanos, haciéndolo, en cambio, para su particular y vergonzoso beneficio. Escribo, para que la poesía, en cuanto que profunda virtud del espíritu poseso de una lengua y una cultura, sea, como lo soñó el poeta y libertador José Martí, parte esencial del progreso verdadero de la humanidad y de la educación de los pueblos.

Escribo para, tal vez, sin lograrlo siquiera momentáneamente, encontrar en el poema la definición de la poesía que, algún día esplendoroso, quizás, me haga ver en ella, a través de la plasticidad y sonido de las palabras, una definición de mi propia vida. Escribo para encontrarme en el otro y construir juntos, del yo a tú, en perpetua actitud de diálogo, la senda de la justicia en la sociedad.

Escribo para mantener en mí y en mis hipotéticos lectores, esos alter egos cómplices de la recreación, de lo que pienso y siento, la magia de lo lúdico apostado allí, precisamente, en contra de la desesperación, la insatisfacción, la envidia y la tragedia que signan, dolorosamente, la vida de los hombres y mujeres contemporáneos. Escribo para anteponer la vida a la muerte, la luz a la sombra, la alegría al dolor, el amor al desamor. Escribo porque es mi mayor acto de libertad. Escribo, pues, porque de no poder hacerlo, preferiría morir.

Para finalizar, quisiera que me permitieran un par de minutos más y compartir con ustedes, mis lectores, mis amigos, un sentimiento muy íntimo, tal vez, pero, indispensable para mí en esta ocasión tan especial. Se trata de rendir un entrañable tributo y ofrendar con este reconocimiento de que hoy soy objeto, a tres personas que no están esta noche con nosotros en presencia física, en esta bella sala del Teatro Nacional, aunque sí resplandecen sus rostros ante mí, por la fuerza de su espíritu y por todo el amor de que me hicieron dueño y, por fortuna, también dador. Son ellos, mi padre José Dolores (don Lolo) quien falleció hace ya 27 años, a consecuencia de un accidente de tránsito, justo cuando ya no era solo mi padre, que era ya más que bastante, sino, también mi más significativo amigo; también, nuestro tercer hijo, Rubens José, quien apenas hizo un asomo al mundo que duró cuatro días, suficientes, quizás, para quedar espantado, horrorizado del mundo que le recibía, dejando, sin embargo, una hermosa huella de ternura y esperanza sobre nuestra familia y sobre mí y mi búsqueda incansable del sentido de la vida; por último, mi adorada y respetada madre Antonia, quien está en casa, en paz consigo misma, con Dios y con el mundo, porque su fe, fuerte, inamovible, fértil, y su capacidad de amar y proteger ha hecho felices a tantos seres humanos, entregándoles todo, sin haber sido nunca dueña de nada. Hoy, mi madre no es consciente de lo que le rodea o acontece, excepto de nuestra presencia y nuestro cariño, que le desprenden, al recibirlos, la sonrisa más bella que puedan alguna vez mostrar la vida y el mundo. Ellos me trazaron la senda de lo que debía, como me enseñó Píndaro, llegar a ser, el que simplemente soy, el agradecido, en su nombre, de la palabra, el pensamiento y de todos ustedes.

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