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La barbarie entre nosotros

La barbarie entre nosotros

Yo insisto en que el clientelismo es el veneno intravenoso más fuerte que existe en la República Dominicana y que traspasa todos los órganos del armazón social: la política, las decisiones oficiales, la opinión y hasta las medidas de carácter técnico en las que debería prevalecer el rigor.

Los funcionarios juegan al equilibrismo, bajo el argumento de la prudencia, para tomar decisiones tibias o mirar para otro lado, porque es más importante permanecer libando las mieles del cargo que montarse en su misión y convertirla en un hecho real.

Los políticos con cuotas de poder en el Estado piensan en sus proyectos electorales del futuro y se resisten a pisar cayos empujando las reformas que el país necesita. Optan, a su conveniencia, por no crearse problemas, caer bien a todo el mundo y posicionar las aspiraciones por encima de las decisiones.

En la formación de opinión pública las condicionalidades asquean porque el silencio no se logra con la censura de la fuerza del Estado o de los poderes fácticos, sino con la  financiación selectiva, ya sea a través de la publicidad o de las concesiones maquilladas que saltan por atrás a los controles existentes.

Vivimos en una sociedad de verdades relativas, secuestradas, instrumentalizadas, pero lo peor de todo es que cada quien tiene una visión del bienestar del país en función de sus intereses particulares y la reduce a su estrecho círculo.

Esto que planteo no constituye el endoso del pesimismo dominicano que alguna vez predicaron José Ramón López o Francisco Moscoso Puello. Busco retornar a un punto que otras veces he tocado: la reforma política es la madre de todas las reformas.

Se trata de un fenómeno que puede generar cambios en cascada, en lo complejo y en lo simple. ¿Dónde está la dificultad de esto? En que las instancias generadoras de reformas están en manos de políticos, quienes no se harán un “harakiri”. 

¿Entonces qué nos queda? La presión social. La ciudadanía responsable trazando el curso de la historia, no para llegar a un Estado perfecto (eso no existe), sino para alcanzar la entrada a la civilización, porque, señores, en términos institucionales estamos en la barbarie.

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