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La basura que producimos

La basura que producimos
Mario Rivadulla

Como si nunca nos hubiésemos percatado de que lamentablemente contamos con la capital que exhibe la bahía y el puerto de aguas más sucias y contaminadas de toda la región del Caribe, sido necesario que Beryl, a su paso de refilón por nuestras costas, provocase los intensos aguaceros que durante casi doce horas castigaron sobre todo el Gran Santo Domingo, San Cristóbal y San José de Ocoa, y nos dejara de amargo recordatorio el arrastre de toda la basura traída por los ríos Isabela y Ozama.

El espectáculo inmediato ofrecido por las aguas que bañan el malecón cubiertas de todo género de desperdicios a la terminación de las lluvias no pudo resultar más penoso y hasta grotesco. El estimado de basura a remover es de nada menos que unas mil toneladas, labor en que con el Alcalde del Distrito Nacional al frente han estado empeñados  brigadas del ayuntamiento y de Obras Públicas con el refuerzo espontáneo y meritorio de ciudadanos conscientes, así como el aporte de equipos por parte de distintas empresas.  Justo reconocer su rápida intervención y valioso esfuerzo. El costo para las nada abundantes finanzas municipales será de unos diez millones de pesos, que bien pudieran haberse dedicado a obras necesarias y de utilidad más permanente.

Como era de esperar, de nuevo ha resurgido el tema del deficiente  sistema de drenaje de las aguas pluviales de que dispone la ciudad capital, que se ha ido agravando en la misma medida en que esta ha crecido de manera tan espectacular como caótica de unos años a esta parte. Hay razón más que sobrada para la queja y el reclamo de que adecuar el mismo pase a figurar entre las obras públicas de mayor prioridad.

Pero, cuidado, porque eso es solo parte del problema y de la solución.  La otra, posiblemente la principal, consiste en la necesidad de que los alrededor de tres millones y medio de ciudadanos que poblamos el Gran Santo Domingo cobremos conciencia de nuestra culpa y nuestra responsabilidad.

Ese millar de toneladas de desperdicios de todo género, gran parte de los cuales pudiera ser reciclado de hacer una correcta disposición de los mismos, no se produce de manera espontánea.  No es lluvia que procede de las nubes, ni cae del cielo como el maná bíblico.

Somos nosotros quienes la producimos.  Somos nosotros quienes las arrojamos en el Isabela, en el Ozama y en las cañadas.  Somos nosotros quienes las lanzamos en las vías públicas y convertimos la urbe principal del país en un asqueroso vertedero que tapona los desagües con las lluvias, inunda calles, avenidas y casas, provoca tapones interminables y estanca las aguas que contribuyen a la aparición de las enfermedades infecto-contagiosas que llenan los consultorios de clínicas y  hospitales.

Mientras no asumamos conciencia plena de nuestra culpa y entendamos que por nuestro propio beneficio y bienestar debemos ser los más celosos y comprometidos promotores de mantener la ciudad limpia, seguiremos confrontando el mismo problema.

Mientras no sintamos el bochorno y la vergüenza de ser culpables en gran parte de esta situación, continuaremos contando entre las ciudades más sucias y contaminantes del continente.

Y mientras no haya sanciones fuertes y ejemplares para los desaprensivos que se gozan en convertir en vertederos La Isabela, el Ozama, las cañadas, los solares y las vías públicas seguiremos viviendo en medio de la inmundicia.

Hora de que estemos conscientes de que el problema y su solución no es únicamente responsabilidad de las autoridades sino de todos y cada uno de nosotros, y que es preferible no ensuciar para no tener luego que limpiar.

 

 

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