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La cacería en Santo Domingo

Desde tiempos antes del Descubrimiento, en la isla de Santo Domingo ha habido tal abundancia de aves silvestres comestibles que la cacería ha formado parte de nuestra cultura de manera constante. No sólo como actualmente, que es mayormente una actividad deportiva debidamente regulada para evitar abusos de leso ambientalismo, sino que cazar ha sido en ciertas épocas una de las pocas maneras de llevar buenas proteínas a la mesa.

En estos días, tras muchos años de prohibición de la cacería, las guineas silvestres se han reproducido tan abundantemente que en montes bastante cercanos a la ciudad no es extraño encontrarse con bandadas de guineas atravesando caminos o escuchar su pito característico. Con los rolones pasa que en la capital están por todas partes, casi mansos, sin la arisca disposición de los montaraces o arroceros acostumbrados a que gente equivale a escopeta.

Las palomas –no las “ratas con alas” citadinas- tristemente no han logrado recuperar su abundancia de antaño. De hecho, algunas especies están extintas o al borde de la desaparición, no sólo por la caza indiscriminada sino por la destrucción de sus hábitats. Pero antiguamente era otra cosa…

Donde queda el Parque Independencia, antes llamado “la sabana del Estado”, mis tatarabuelos (entre ellos Damián y su hermano Buenaventura) salían caminando para tirarle a las abundantes palomas, una afición que hemos heredado muchos de sus descendientes.

Ahora que se conmemoraba ayer la rendición de la plaza de Santo Domingo por el general francés Du Barquier, sucesor del suicida Ferrand tras su derrota en Palo Hincado durante la Reconquista, valga recordar una anécdota narrada por el mayor general británico Hugh Lyle Carmichael, vizconde de Castlereagh, al escribirle al Lord del Almirantazgo desde San Carlos el 8 de julio de 1809, dando cuenta del triunfo de dominicanos, españoles e ingleses al recuperar la ciudad de los derrotados franceses.

Contaba Carmichael, muy extrañado, que la semana anterior, pese a que habían desplegado una bandera blanca de rendición, desde las murallas de Santo Domingo se oía un “continuo fuego de mosquetes” o escopetas. Al enviar una tropa a investigar la causa de los disparos, el francés Du Barquier “cortésmente nos explicó que los habitantes estaban tirándoles a inmensas bandadas de palomas silvestres que volaban sobre los muros”.

¡Quizás Juan Sánchez Ramírez y los demás dominicanos celebraron la Reconquista con un sabroso guiso de palomas!

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