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La cara oculta de la riqueza

 

Otra vez, como en muchas otras ocasiones, la madre naturaleza se encarga de desmentir al gobierno que gasta miles de millones de pesos todos los años en hacernos creer que éste es uno de los países más ricos y prósperos de la región y del mundo con una economía que crece igual o mayor  que la de los grandes y desarrollados.

En propaganda y publicidad las autoridades gastan entre seis y ocho mil millones de pesos todos los años en hacernos creer que somos una nación que va por el mejor de los caminos. Alrededor de tres mil 500 periodistas y comunicadores (bocinas, cornetas, pitos y megáfonos) se encargan de repetir las consignas de bonanza y grandiosidad que ponen a correr los funcionarios.

Todo lo que dicen es mentira, pero a fuerza de escucharlo y leerlo en los medios de prensa, la mayoría de los ciudadanos termina creyéndola. No se dan cuenta que es marketing, sociología y sicología de la comunicación de masas utilizados comúnmente por las grandes empresas que terminan condicionando el subconsciente de las personas a través de la repetición del mensaje para que consuman sus productos.

La cara oculta de la riqueza en países pobres y subdesarrollados como el nuestro, es la pobreza, oculta en los cinturones de miseria que bordean las ciudades con sus rascacielos, puentes y elevados que les dan aspecto de metrópolis. Detrás de las luces de neón, del brillo, la oscuridad y la muerte silenciosa.

Detrás de los polos turísticos, de  los hoteles cinco estrellas con su confort, de los balnearios con sus playas de arenas blancas y espumosas, de las mujeres exuberantes en bikini; detrás de los magníficos restaurantes, vive la gente hacinada –si se le puede llamar vida- con menos de un dólar al día en casuchas peores que las de los indígenas antes de la colonia.

A los que propician tanta miseria debería darles vergüenza. Estamos entre los países de la región más vulnerables ante cualquier eventualidad de la naturaleza. ¡Uf!

Cuando se produce un fenómeno natural; un ciclón, huracán, tormenta, tornado, sismo o tsunami, sale a flote la pobreza con toda su desnudez, con toda su crudeza, con toda su inhumanidad entristecida que ningún cartel de los centros turísticos mostrará.

Los que predican crecimiento económico, los que hablan de riqueza desde sus mansiones y sus torres antisísmicas, los que pueden huir en sus  jets, en sus helicópteros o en sus vehículos todo terreno, rara vez están en riesgo. Ellos no tienen que ser sacados por los guardias a la fuerza de sus hogares en las riberas de los ríos, ni de terrenos resbaladizos. A ellos no les falta alimentos ni agua potable, no se les va la energía eléctrica porque tienen potentes plantas de emergencia.

Ellos son políticos profesionales, funcionarios de alto nivel. Empresarios. En fin, los verdaderos dueños del país. Los fenómenos naturales pueden ser una excelente excusa para la corrupción y el proselitismo más vulgar y rastrero.

Los últimos huracanes, que apenas han pasado relativamente cerca las cosas caribeñas han servido para demostrar una vez más las grandes desigualdades sociales, la inequidad en la distribución de las riquezas nacionales; en fin, las injusticias del sistema político, económico y social de nuestro país, que se resumen en que pocos tienen mucho, demasiado, y muchos, muchísimos,  tienen poco; tan poco que apenas sobreviven.

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