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La columna de Miguel Guerrero

La columna de Miguel Guerrero
La columna de Miguel Guerrero

( 1 ).- La  experiencia nos enseña que una de las causas principales de nuestros males y del pobre desarrollo democrático que padecemos descansa en la peculiar concepción de poder que tenemos los dominicanos. Entre nosotros existe la convicción de que el ejercicio del poder político otorga privilegios especiales.

Esa errada concepción se ha transferido de gobierno a gobierno al través de  nuestra historia republicana. Y nos ha impedido crecer imponiendo viciosas prácticas oficiales que nos asemejan en la práctica cotidiana más a una dictadura que a una democracia real.

En este mundo digital, la práctica democrática es una realidad virtual. El único tiempo real es el que impone el plazo para el cual son electos cada cuatro años los después felices y endiosados inquilinos del Palacio Nacional.

La experiencia vivida a lo largo de los últimos cuarenta años es tan frustrante como aleccionadora. El problema es que no aprendemos de nuestros tropiezos. El culto de la personalidad siempre presente en nuestro ambiente, desgasta rápidamente a los gobiernos.

Mucha gente ha comprobado la ventaja de una cercana amistad o asociación con un jefe del Estado en este país sin instituciones. Juan Bosch advertía sobre el daño de utilizar las herramientas o poderes de un gobierno para hacer negocios.

Pero pocos han hecho caso a esos sabios consejos de un político en vida severamente cuestionado por el pecado de anteponer algunos principios al interés personal o de grupos.

En un ambiente así es poco probable que un presidente resista la tentación del halago personal o no se deje deslumbrar por los oropeles de una corte o las candilejas de la gloria, a la postre tan efímeras como el mandato mismo.

Un examen frío de nuestra historia reciente  y del presente actual permite ver cuánto ha costado al país ese vicio de nuestro quehacer político.

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