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La columna de Miguel Guerrero: Un doloroso espectáculo

Miguel Guerrero.

Cuando se observan las deprimentes escenas de los repartos de alimentos encabezados por el presidente de la República, se disipa de inmediato  de la mente de los ciudadanos la idílica ilusión fomentada por la ingente y extenuante propaganda oficialista de que vivimos un mundo mejor, en medio de un progreso constante e indetenible. La verdad es que estos dolorosos espectáculos, diseñados para impulsar liderazgos personales, perpetuar ganancias políticas y privilegios irritantes, demuestran hasta la saciedad que estamos congelados en el pasado.

Duele en lo más profundo de la conciencia cívica, contemplar a miles de personas, de todas las edades, hacer interminables colas por horas y horas, bajo un inclemente sol o la lluvia, a la espera de una pequeña ración de alimentos que apenas da para saciar el hambre de un día, a costa de empujones y macanazos por una guardia de seguridad que hace ese trabajo a la perfección, para satisfacción de quienes convierten esas dádivas en un ritual de fin de año. Pero más doloroso aún resulta que esas anacrónicas fuentes de corrupción se sostengan con dinero público, fomentando expresiones de servidumbre, sólo posible en medio de la creciente y vergonzosa pobreza generada por políticas públicas sustentadas en un clientelismo propio de sistemas políticos tutelares, que creíamos ya sepultados para siempre.

Y pensar que esas cajas, que el presidente entrega personalmente en cada lugar a los que llega precedido de una ruidosa y costosa fanfarria, no valen por su contenido cinco minutos de esa espera. Admito que la necesidad de esa gente es tan grande que podría ser un acto de injusticia contra su pobreza, la indignación que esos repartos me producen. En los ojos de muchos de ellos parece ver que estuvieran al mismo Dios cuando lo reciben. Un Dios pagano que se alimenta a su vez del hambre colectiva.

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