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La columna de Miguel Guerrero: Una práctica aberrante

Miguel Guerrero.

En tiempos de Trujillo, las loas al tirano eran obligadas en todos los actos oficiales. Los funcionarios, los intelectuales y los dirigentes comunitarios competían con las más absurdas exaltaciones para ganarse el favor del amo y señor del país y así poder preservar sus cargos y privilegios.

Entre las más serenas de las alabanzas, llegaron a decirse cosas como estas: “Ningún estadista en la historia de la humanidad ha hecho tanto por su patria, como Trujillo por la República Dominicana”.

Póngale atención a esta otra, un tanto más atrevida: “A Trujillo hay que canonizarlo, pero hay que canonizarlo vivo, porque las cualidades espirituales de Trujillo sobrepasan las de San Agustín”.

Muchos creíamos en este país que esas aberraciones quedaban atrás; que eran ya parte de un pasado que no padeceríamos otra vez. Pero cuán equivocados estábamos. El culto de la personalidad  renació durante la administración de Leonel Fernández y el beneficiario de la adulación no lo rechazó ni mucho menos condenó como una práctica antidemocrática y negativa para el país, como en verdad lo es.

Por eso estamos expuestos a ver genuflexiones aún más humillantes que las que el rigor de la tiranía forzaba a todo servidor público o ciudadano prominente, si el Presidente actual no lo prohíbe.

La creciente tendencia a atribuir condiciones excepcionales a un mandatario, como fue el caso de Fernández, y creerlo como el único en capacidad de dirigir la nación, es muy peligrosa.

Para que se tenga una idea del fenómeno, leamos esta joya de nuestra pobreza democrática y nuestra falta de institucionalidad. En un acto en el ayuntamiento de Puerto Plata se aprovechó la visita del presidente Fernández a esa ciudad para declararlo, según la prensa publicó, “rector de nuestra patria y propulsor de la modernidad del Estado dominicano”. Sólo les faltó “benefactor de la patria y padre de la patria nueva”.

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