La desgracia de los chiquitos

Si cada voto de los pedernalenses o de otros habitantes de los  pueblitos desterrados del país equivaliera a cien o doscientos de los de las ciudades acomodadas, provincias como Pedernales serían como tacitas de oro.

Los políticos se pelearían por visitarlos a diario, y memorizarían todos los nombres de los votantes; es decir, de sus dioses de ocasión. Mandarían a la naturaleza a que deje llover un mundo de dinero para que corra a raudales por todos los rincones y así, aunque sea un día, los pobres se bañen con papeletas. Le ordenarían que engendre ríos caudalosos para construir sobre ellos puentes de lujo. Las entradas a esas comunidades semejarían castillos dorados; los caminos vecinales, como pistas para jet gigantes; calles, suaves como un colchón de primera; las casas, estrambóticas como castillos de reyes; el alumbrado público, tan moderno y efectivo que las noches parecerían soles…

Serían pueblos de ensueño si cada sufragio se midiera por la calidad. Pero es mejor despertar.

Los chiquitos no cuentan para el sistema económico y político donde vivimos. Uno de sus brazos ejecutores, el sistema electoral, es, a ojos vista, injusto. Está configurado solo para acomodar a los políticos. Las elecciones para elegir autoridades son determinadas por mayoría de votos, y los políticos apuestan a conquistar los espacios de mayor concentración de electores, que son el Distrito y cuatro o cinco provincias. Ciudades que han incrementado su población por su efervescencia productiva, pero también por las repentinas oleadas migratorias desde las comunidades deprimidas a causa de una planificación gubernamental centralizada que asume la República solo como una esquinita del territorio.

Veo una estrecha relación entre población electoral y empuje económico de los pueblos. Allí donde hay decrecimiento poblacional por abandono oficial, menor cantidad de votos; por tanto, menor atención de los políticos porque no les resulta rentable. No es fortuito que éstos visiten más a Santo Domingo Este y a Santiago que a Pedernales o Elías Piña.

Nada casual que las “demoledoras de humanos”, que son las encuestas, busquen afanosas datos secos, fríos, sobre las poblaciones. Nada noticioso ni de acientífico tiene que en la distribución muestral de 1,200 electores a partir de un universo de 6.5 millones, un pedernalense u otro habitante de pueblo pequeño no salgan para ser entrevistados. La probabilidad de salir en el muestreo está muy distante de cero.

Es una desgracia para los pueblos chiquitos que sus votos no sean medidos en función de la calidad. Para el sistema electoral actual, no es lo mismo que un candidato gane en Pedernales a que gane en el Distrito. Porque no es lo mismo ganar con 3 mil votos que con 30 mil, aunque los sufragantes de uno y otro sitio, como dominicanos, tengan las mismas obligaciones tributarias y legales frente al Estado. Así las cosas, en unas presidenciales como las del 20 de mayo, ganará el candidato que haya capitalizado mejor el voto de las ciudades más populosas. En otras palabras, no gana quien obtenga mayoría en muchos pueblos pequeños cuando la sumatoria de estos no alcanza la población de una sola de las grandes ciudades. Confundir esa realidad –como percibo que se confunde en el escenario actual– es un costoso error.

Algo hay que hacer, entretanto, para que los políticos, una vez se alcen con el poder, sin incumplirles a las grandes, cumplan con las “tacitas de oro” que prometen a las comunidades pequeñas y sumidas en la pobreza. Porque no dejan de ser importantes por ser pequeñas.

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