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La Felicidad Interna Bruta

La Felicidad Interna Bruta
Bernardo Vega

Bután, desde 1962, por sugerencia de su rey, graduado de Harvard y Oxford, ha adoptado las bondades del concepto de la Felicidad Interna Bruta (FIB) en contraste con la medida común del Producto Interno Bruto (PIB). Mide el desarrollo socio-económico igualitario, el buen gobierno, el medio ambiente y los valores culturales. Más de un prominente economista de reputación internacional ha comenzado a hacerle caso. Una reconocida revista internacional recientemente declaró a Bután el país más feliz de Asia y el octavo más feliz del mundo.

En nuestro país el PIB creció un extraordinario 7.8% pero las encuestas evidencian que la gente no está feliz. Mi curiosidad me movió a viajar hace unos meses a Bután, un muy pequeño país de tan sólo 691,000 habitantes, al norte de la India y al sur de China. Desde que uno llega al aeropuerto encuentra evidencias de esa lucha por la “felicidad” y no por el simple crecimiento económico. Allí, para proteger sus valores culturales tan sólo se otorgan visas a unos 20,000 turistas al año y no pueden moverse por su cuenta ya que tienen que firmar un acuerdo con una empresa de guías turísticos, quienes los acompañan todo el tiempo. Además, tan sólo pueden visitar ciertas regiones. No residen extranjeros en forma permanente. Cortésmente le preguntan a uno si trae cigarrillos pues fumar está prohibido, ya que esa medida conduce a menos cáncer de pulmón y, consecuentemente, a más felicidad.

Para evitar la envidia, lo que reduce la felicidad, todos los hombres visten el mismo traje típico. Las mujeres tienen más de discreción, pero siempre usando un traje típico. Todas las casas y edificios tienen que seguir la  arquitectura vernácula, por lo que se parecen mucho. No vi ni una casa de un “rico”.

Bután vive de su agricultura y de la exportación de energía hidroeléctrica a la India, quien la paga construyéndole carreteras, pero con mano de obra hindú. No mantiene relaciones diplomáticas, ya que eso complica la vida, y, además, es muy caro. Consecuentemente, no hay allí diplomáticos extranjeros lo que presumiblemente aumenta la felicidad. Los funcionarios del gobierno se mantienen con muy bajo perfil. Todo el gabinete y, además, los principales líderes de la oposición, tienen que vivir en un mismo barrio, construido por el gobierno donde todas las casas son iguales. Eso evita la envidia, la corrupción y obliga a que los vecinos se conozcan mejor, lo que contribuye a la coordinación de la política nacional. Hay elecciones democráticas pero está prohibido hacer propaganda política por radio o televisión. Letreros políticos tan sólo pueden ser colocados en ciertos pizarrones que indican “propaganda política” y que aparecen de vez en cuando en pueblos y carreteras.

¿Seríamos los dominicanos más felices si no tuviésemos que escuchar diariamente a todos esos programas de radio y televisión sobre temas políticos? Tampoco hay allí corrupción, lo que hace a su población más feliz. Un martes, cuando pedí un trago en un hotel se me informó que ese día no se podía vender alcohol ya que esa prohibición temporal contribuía al crecimiento de la “felicidad”. Los butaneses no se van a vivir al extranjero pues serían menos felices. En el aeropuerto, al salir, compré un “T-shirt” con la inscripción: “Bután. Felicidad interna bruta. Abajo el PIB”. Mientras observaba el Everest desde mi avión de Air Buda me pregunté: ¿Qué podemos hacer en nuestro país para aumentar la felicidad de los dominicanos y rendir menos pleitesía al dios PIB? ¿Trasladar el gobierno a Rancho Arriba o Constanza, para que la nómina sea menor? ¿Poner a todos los ministros a vivir en un mismo barrio de clase media y prohibirles casas en playas o montañas? ¿Concentrarnos más en las estadísticas sobre divorcios, suicidios, nivel de educación, salud y la expectativa de vida? Aquí usamos la palabra “feliz” para desearnos un feliz año nuevo, o para, de forma despectiva, describir al grueso de nuestra población como unos “infelices”.

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