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La fiebre no está en la sábana

Julio Martínez Pozo

El presidente Barack Obama ha prometido castigo para los autores de la acción terrorista que produjo la muerte del embajador estadounidense en Libia y de otros tres ciudadanos de su país, pero a esas personas no las asesinaron solo los ejecutores del atentado y sus autores intelectuales, en el mismo banquillo y propensos a las mismas penas deben estar los promotores de cualquier expresión de irrespeto a una creencia religiosa.

Una lección muy obvia dejaron los acontecimientos del 11 de septiembre del 2001: un mundo en paz es el que garantiza un clima de respeto para todas las formas de concebir la idea de Dios, no es cierto que la civilización occidental,  predominantemente cristiana, esté llamada a colocar sus banderines en todas las culturas, de hecho Europa que la impuso a América es menos cristiana, que todas sus antiguas colonias de este lado del charco, y en su cuna el cristianismo es minoría.

El islam hace tiempo que se ha colocado por encima del catolicismo, pero sumados los protestantes, el cristianismo sigue a la cabeza con 2,300 millones de creyentes, un 37 por ciento de los cuales están en América, mientras el islam,  que va camino a ser la principal religión proselitista del mundo, acorta la brecha en un segundo lugar con 1,820 millones de seguidores en todo el mundo.

Pero entre el budismo, la religión tradicional china y las religiones africanas hay una tajada que si no llega a los dos mil millones se le acerca, quedando otros cien entre el sijismo, espiritismo, judaísmo y centenares de creencias más.

En el caso del judaísmo, su peso es sumamente determinante aunque ocupe un octavo lugar en cantidad de practicantes, primero porque es la madre de las otras dos principales creencias monoteísta del mundo, y segundo por el lugar de predilección que tienen en la denominada geografía sagrada, que ubica a Jerusalén como la ciudad más próxima a lo divino.

Los cristianos organizaron cruzadas para arrebatar a los judíos el predominio de la ciudad santa, los musulmanes también la doblegaron con su espada, pero nadie la simboliza más que los judíos, se le tiene como la capital de las tres grandes religiones monoteístas y resulta que ninguna de ella nacieron en el lugar que más veneran.

Los cristianos pueden alegar una mayor preeminencia porque aunque su religión no surgió en Jerusalén, si es el lugar donde nació, se desarrolló y fue crucificado, el hombre en cuyo mensaje se inspiraría el nuevo credo, años después de su muerte; los judíos no recibieron el mensaje transmitido a Moisés en el monte de Sión sino en el   Sinaí, muy lejos del centro de su adoración, pero entienden que pisan sobre la tierra prometida, y los islámicos, aunque saben que su origen es árabe, tienen la referencia del viaje espiritual que Mahoma hizo a Jerusalén sobre el caballo blanco con alas  Al Buraq, acompañado del arcángel Gabriel.

En homenaje a esa visión del profeta edificaron un gran templo que quedó reducido a escombros en un gran terremoto que se produjo en Israel en el 11 de septiembre del 747, justamente la fecha escogida para que ocurriera el derribo de las torres gemelas en el año 2001.

No hay  idea de Dios que no parezca absurda para los que no la profesan, y nada es más insólito para los creyentes que la no creencia, la regla de oro es el respeto.

 

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