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La gran incógnita del autor intelectual

La gran incógnita del autor intelectual
Mario Rivadulla

Menos de cuarenta y ocho horas le tomó a la Policía Nacional apresar a la casi totalidad de los implicados materiales en el atentado a David Ortiz, quien hasta ahora, si bien con pronóstico reservado hasta por lo menos dentro de un par de semanas, se ha estado recuperando lenta pero favorablemente en la unidad de cuidados intensivos del Massachussets Hospital, donde recibe las más dedicadas atenciones.

Incidentalmente, aunque ya lo habíamos hecho por nuestra parte, vale repetir como un acto de justicia y reconocimiento a la calidad de nuestros servicios médicos, tal como merecidamente resalta Inés Aizpún en la leída columna Antes del Meridiano de “Diario Libre”, que si David Ortiz está vivo es gracias a la notable y laboriosa cirugía de urgencia llevada a cabo por el doctor Abel González y su hijo José Abel, un aspecto al que no se le ha dado la relevancia mediática merecida.  Lamentable que seamos tan proclives a la crítica y tan poco generosos al momento de exaltar los méritos de nuestra propia gente.

Sin dudas la Policía ha dado una gran demostración de eficiencia investigativa que refuerza la convicción de que la misma dispone de un grado de competencia que está al nivel de cualquiera de las mas acreditadas del mundo…cuando pone el mayor empeño en resolver con extrema celeridad los casos que son de su interés ya sea por la resonancia de los mismos, la importancia de la víctima como ocurre en este caso, o por cualquier otra motivación.

Al margen de esta acotación, cabe felicitar a la institución por la prontitud con que ha procedido, descubriendo y recuperando inclusive el arma con que se perpetró el hecho, que fue pasando de mano en mano hasta la persona encargada de hacerla desaparecer y el lugar en que la enterró.

Por lo pronto la impresión que da es que el grupo de sicarios contratados está integrado por elementos de poca monta y escasa imaginación.  Material gastable.  Carne de presidio con expedientes recurrentes de diversos delitos,  ninguno de la importancia de este hecho que sus mentes obtusas no podían aquilatar, y que a todas luces excedía su capacidad de acción ejecutada con muy bajo nivel de profesionalidad.

El país queda ahora a la expectativa de que las autoridades identifiquen y apresen al instigador del hecho, la mente torcida del autor intelectual. Es la tarea que queda pendiente, y donde siempre queda abierta la puerta a la sospecha de que, por vía de influencia, quede envuelto en las brumas de la impunidad.

Que no ocurra así es la responsabilidad que encaran las autoridades para completar la tarea y merecer el pleno reconocimiento de una ciudadanía asombrada, dolida e indignada en la medida en que la víctima en este caso ha sido una de sus figuras más queridas y respetadas.

David Ortiz  para la gran mayoría de los dominicanos encarna la figura de un auténtico héroe.  Lo ven como algo suyo, muy propio. Como tal quieren ver a los autores del hecho y a quien o quienes lo contrataron  sometidos a la justicia, castigados con el máximo rigor y enviados a prisión por un tiempo tan largo como quizás les quede de vida.  No es exageración afirmar que el ansia de castigo corre pareja con el deseo ferviente de su pronta y total recuperación.

Despejar la gran incógnita del autor intelectual como culminación del proceso y  clamor popular es el  reto y compromiso a que están obligadas las autoridades.

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