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La guillotina

La guillotina
Julio Cury

El hombre siempre ha sido dado a establecer diferencias; con excepción de los dorados tiempos en que no existía el “tuyo” y “mío”, todas las etapas históricas vividas por él han conocido la desigualdad, así como terribles luchas por mantenerla, suprimirla o atenuarla. Desde la antigüedad hasta los días que corren, los hombres han defendido sus criterios sobre el conflictivo binomio igualdad-desigualdad con extrema ferocidad y violencia.

Muchos se niegan a parecerse a sus demás congéneres, y apoyándose en las más variadas tesis, siempre ha primado en ellos el deseo de ser mejores o superiores a sus prójimos, y en tal sentido, formulan leyes y adopta costumbres que de un modo expreso o implícito consagran escalas convencionales de valores. Pero la desigualdad no se detiene en las cosas que son propias de la existencia, sino que llega incluso a manifestarse en los umbrales mismos de la muerte.

Hubo un tiempo en que la muerte no se administraba igualitariamente a los que por una razón u otra eran condenados a perder la vida. La nobleza europea consideraba humillante el garrote vil y la horca, y esa es la causa de que Carlos I y Ana Bolena gozaran del triste privilegio de perder de un tajo sus cabezas, rebanadas por el hacha del verdugo. Las penas infamantes se aplicaban tomando en cuenta la naturaleza del delito y, sobre todo, la dignidad social del condenado.

El primero que se opone a ellas y aboga por una muerte idéntica para todos, es José Ignacio Guillotín, a quien falsamente se le atribuye la invención del macabro instrumento de ejecución que lleva su nombre. Guillotín, médico y diputado del pueblo en los días turbulentos de la Revolución Francesa de fines del siglo 18, lucha porque los condenados, sea cual fuere su condición social y el crimen imputado, mueran decapitados por el hacha, ejecución entonces considerada como no infamante.

Sostuvo con fervor que el verdugo debía ser sustituido por una máquina, pero sin entrar en detalles sobre ésta ni mucho menos concebirla. La decapitación se adoptó por disposición de la Asamblea Legislativa del 20 de marzo del 1792, mas quien idea y construye el aparato mortal es un mecánico alemán residente en París llamado Louis Schmid. La máquina, rauda y filosa que tantas cabezas nobles y plebeyas cercenó, fue llamada primeramente Louison o Louisette, quizás en honor a Schmid.

Como dato curioso vale apuntar que el propio Guillotín estuvo a punto de morir decapitado por la Louisette durante la época del terror, y logra salvarse de la gran navaja por la caída de Robespierre. El médico pasó entonces el resto de su existencia administrando sus conocimientos, siendo recordado por la posteridad por la guillotina, máquina que él no ideó ni construyó jamás.

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